Con
motivo del bicentenario de la Revolución Francesa (1989) se publicaron muchos
libros sobre tal evento histórico. Lo más importante de todo esto en los
últimos años según Hobsbawm es el revisionismo histórico sobre el significado,
alcance y repercusión de la Revolución Francesa. Hobsbawm afirma que la nueva
literatura sobre la Revolución francesa, especialmente en su país de origen, es
extraordinariamente sesgada. La
combinación de la ideología, la moda y el poder de los medios
publicitarios permitió que el bicentenario estuviera ampliamente dominado por
quienes, para decirlo simplemente, no gustan de la Revolución francesa y su
herencia.”[1] Así pues,
“El presente ensayo es una defensa, así como una explicación de la vieja
tradición.”[2] La vieja tradición es la
que habla de una revolución burguesa que instaura el Estado de derecho, las libertades públicas
y civiles y la nueva sociedad contemporánea burguesa y que además considera
tales novedades como altamente positivas y por ende la Revolución misma que las
dio a luz.
La historiografía en modo alguno es una
disciplina exenta de valoraciones políticas, ideológicas y axiológicas. Es un
campo de batalla político. Esto deriva en el caso de la Revolución Francesa, de
que “lo que la gente ha leído sobre la Revolución francesa durante los
doscientos años transcurridos desde 1789 ha variado enormemente, sobre todo por
razones políticas e ideológicas.”[3] Pensar
es pensar contra alguien y el adversario político de Hobsbawm en el terreno de
la historiografía sobre la Revolución Francesa no es otro que el revisionismo.
El revisionismo histórico de la
Revolución Francesa empezó con la misma Revolución. Se trata de la escuela
reaccionaria. Edmund Burke, Joseph de Maistre, Bonald, F. L. Von der Marwitz, Gentz, Chateaubriand,
Hardenberg, Adam Muller, K.L. Von Haller, F.J. Stahl son los nombres más
representativos de la escuela de pensamiento reaccionario surgido frente a la
Revolución. El revisionismo histórico sostiene que no fue para tanto y que los
mismos efectos se hubieran producido por una evolución del Antiguo Régimen sin
tanta catástrofe histórica. “La moderna opinión revisionista que sostiene que
la Revolución francesa fue en cierto sentido “innecesaria”, es decir, que la
Francia del siglo XIX habría sido muy
parecida a como fue, aunque la Revolución no hubiese tenido lugar, es el tipo
de proposición no basada en hechos que resulta tan poco demostrable como
plausible.”[4] Además, Hobsbawm arguye a
favor de su tesis acerca de la gran trascendencia histórica de la Revolución
que los hombres que vivieron la Revolución la consideraban como un
acontecimiento histórico decisivo en la Historia Universal. Además, consideraban que la Francia
contemporánea era un resultado necesario de la Revolución. “Ante tales
aseveraciones en boca de hombres que al fin y al cabo estaban describiendo la
sociedad donde vivían es difícil comprender las opiniones contemporáneas que afirman
que la Revolución fue “ineficaz en su resultado”, por no mencionar a los
historiadores revisionistas que mantienen que “al final la Revolución benefició
a la misma élite terrateniente que la había empezado”.[5] En el
fondo, Hobsbawm considera el revisionismo como el efecto político en la
historiografía del conservadurismo y de la escuela reaccionaria que surgió
apenas tuvo lugar la Revolución. “Los únicos que siguen atacando a 1789 son los
anticuados conservadores franceses y los herederos de esa derecha que siempre
se ha definido a sí misma a partir del rechazo de todo aquello que defendió la
Ilustración.”[6]
“El período de la revolución radical de
1792 a 1794 y especialmente el período de la República jacobina, también
conocida como el “Terror” de 1793-1794, constituyen un hito reconocido
universalmente.”[7] Esto es algo que sabemos todos y que
reconocemos todos indudablemente.
“La segunda noción sobre la Revolución
universalmente aceptada, al menos hasta hace muy poco, es en cierto modo más
importante: la Revolución fue un episodio de una profunda importancia sin
precedentes en la historia de todo el mundo moderno, prescindiendo de qué es
exactamente lo que consideramos importante.”[8] Esto
también parece que todo el mundo aceptará sin discusión en principio. Esta es
la noción heredada que se nos ha inculcado a todos en los libros de texto. “Por
consiguiente, podemos dar por sentado que la gente del siglo XIX, o al menos la
sección culta de la misma, consideraba que la Revolución francesa era
extremadamente importante; como un acontecimiento o una serie de
acontecimientos de un tamaño, escala e impacto sin precedentes.”[9] Pero
ocurre en el caso del revisionismo histórico tan en boga en nuestro tiempo
entre el mundo de la historiografía académica que las cosas no son vistas como
las ve Hobsbawm. “Actualmente, no sólo está pasado de moda ver la Revolución
francesa como una “revolución burguesa”, sino que muchos historiadores
excelentes considerarían que esa interpretación de la Revolución es refutable e
insostenible.”[10]
Además, la Revolución Francesa no sólo
fue un acontecimiento histórico-universal decisivo como revolución burguesa,
sino que de alguna manera repercutió en otros acontecimientos revolucionarios
posteriores. He ahí la importancia política de la Revolución Francesa. Sirvió
de modelo para otras revoluciones y para interpretarlas.
También ataca Hobsbawm a los
historiadores marxistas porque no han aportado nada importante, más bien se han
servido de la historiografía burguesa para hacer política en la historiografía.
“En resumen, los marxistas, más que contribuir a la historiografía republicana
de la Revolución, se sirvieron de ella. Sin embargo, no cabe duda de que
hicieron su propia historiografía, asegurándose así de que un ataque al
marxismo también sería un ataque contra la misma.”[11]
Los revisionistas sostienen que si fue
una revolución burguesa, ¿Entonces por qué no se desarrollaron con fuerza las
fuerzas productivas capitalistas? Aquí parece que no se da una respuesta
satisfactoria por parte de Hobsbawm a mi juicio. “Uno de los principales
argumentos revisionistas contrario a considerar que la Revolución francesa fue
una revolución burguesa es que dicha revolución, según los supuestos marxistas,
debería haber impulsado el capitalismo en Francia, mientras es evidente que la
economía francesa no fue muy boyante durante
ni después de la era revolucionaria.”[12]
Parece que aquí el materialismo histórico no logra dar una respuesta
satisfactoria.
Parece que las sucesivas
interpretaciones de la Revolución Francesa han tenido que ver con las
coyunturas políticas e históricas por las que los historiadores han pasado y
con los momentos históricos habidos desde 1789. “En resumen, todo el mundo tuvo
su Revolución francesa, y lo que se celebraba, condenaba o rechazaba de la
misma no dependía tanto de la política y la ideología de 1789 como de la propia
situación del comentarista en el espacio y el tiempo.”[13] Así,
el revisionismo coincidiría con la crisis del marxismo y del socialismo real y
con el creciente predominio de la ideología liberal en los países capitalistas
occidentales avanzados.
Por eso insisten los revisionistas en
que el reformismo hubiera ahorrado muchos sufrimientos y se hubiera pagado así
un precio más razonable. “De ahí, en resumen, la línea general de los
argumentos a favor de las reformas graduales y del cambio y la directriz del
argumento específico según el cual la Revolución francesa no supuso una gran
diferencia para la evolución de Francia y que
cualquier diferencia que hubiese introducido podría haberse alcanzado
pagando un precio mucho má razonable.”[14]
Esto lo considera Hobsbawm muy endeble.
Es historia ficción. Estas son consideraciones arbitrarias y subjetivas. “De
hecho, considerar que la Revolución francesa no logró nada si se tiene en cuenta
el coste es el tópico de las historias escritas a modo de denuncias políticas
contemporáneas, como el bestseller excepcionalmente elocuente de Simon Schama
Citicens, que permite al autor concentrarse en lo que presenta como horrores y
sufrimientos gratuitos.”[15]
De todos modos Hobsbawm no consigue
demostrar fehacientemente que el punto de vista republicano y jacobino sobre la
Revolución Francesa como revolución burguesa sea el adecuado. Tal vez porque el
libro es fundamentalmente una intervención política polémica, más que un libro
en el que se demuestre de forma racional y con pruebas la tesis que sostiene
Hobsbawm frente al revisionismo histórico. Da por supuesto que el punto de
vista tradicional es el verdadero y punto. Esto lo hace sin el menor empacho.
Hobsbawm procede a persuadir psicológicamente más que a convencer
argumentalmente de sus juicios. Es que Hobsbawm es un historiador marxista
progresista y si la historia se mueve a su favor, la historia le absolverá
finalmente. No hay demasiada necesidad de demostrar nada. Son los adversarios
ideológicos conservadores o liberales los que deben justificar sus asertos.
El problema que se plantea a mi juicio
a la luz de la lectura de este libro es el de la objetividad de las ciencias
humanas o sociales. Yo creo que sí es posible en historiografía encontrar la
verdad y las pruebas que demuestren o refuten una tesis, pero este libro de
Hobsbawm no es un libro de paciente investigación, sino de intervención
política breve y simple. Si los revisionistas tienen razón entonces hay que
reconocerlo aunque políticamente no coincidamos con ellos. Lo mismo habría que
decir de los marxistas, los liberales o los republicanos-jacobinos respecto de
su interpretación de la Revolución Francesa. Si la historia es un campo de
lucha o de batalla ideológico entre posiciones políticas antagónicas,
reconozcamos de entrada, si somos honrados, de qué parte estamos y todo el
problema queda resuelto al disiparse así el engaño ideológico. Asi se
entenderán determinadas afirmaciones o juicios de valor o algunas omisiones.
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