miércoles, 17 de enero de 2018

El podemismo sí es un izquierdismo

Ser de izquierdas hoy, cuando las generaciones de la izquierda o se han extinguido o se han ecualizado en el seno de los Estados del Bienestar bajo el consenso socialdemócrata, no es más que los residuos, los detritus, la escoria política antisistema, pero a veces estos detritus se aglomeran temporalmente y forman partidos y movimientos. Es el caso de Podemos: mezcla de la basura del PSOE, de IU, PCE y lumpemproletariado del 15 de mayo de 2011, aglomerado por los medios de comunicación y subvenciones de Venezuela y de Irán.
Podemos es de izquierdas porque es filoterrorista, antinacional, filoseparatista y progresista. Todo apunta a cumplir el lema leninista de que cuanto peor, mejor. Cuanto más se deteriore el Estado Español, España, más fácil será para Podemos apoderarse del Estado, conquistarlo. El debilitamiento del Estado en sus diversas capas del cuerpo político forma parte de la estrategia de Podemos: deteriorar las instituciones sociales, políticas, fomentar y apoyar todo aquello que deteriore la sociedad política es el medio para lograr su fin: el poder. Todo lo que hemos predicado del izquierdismo en otras intervenciones se cumple paradigmáticamente en Podemos.
Podemos es izquierda terrestre, la izquierda real, ágrafa, antinacional, antiespañola, antipatriótica. Hoy por hoy, ser de izquierdas es eso. Vale todo para tomar el poder político. Hacer una revolución demagógica, sin un proyecto político definido y por eso ser de izquierdas es ser demagogo y sofista.

Cretinos y malnacidos

El peor crimen político contra el Estado, contra la Nación y contra la Patria es la sedición para obtener la secesión de una parte del suelo patrio. En el límite sólo puede ser sancionado adecuadamente con la muerte, con la ejecución capital. Ahora con las modas democráticas, socialdemócratas del Estado plutocrático pletórico de bienes se opta por no conceder tanta importancia a semejante crimen político. A lo mejor es porque los secesionistas de nuestra época además de malnacidos por traidores, son idiotas y cretinos, unos débiles mentales. Gustavo Bueno ya nos dijo que el nacionalismo fraccionario se funda en la mentira histórica y que primero se da el deseo y propósito de lograr la secesión y luego surge la leyenda, el mito dialectal e histórico para justificar ante el vulgo ignorante la secesión. En el Régimen de 1978, un régimen antinacional, antiespañol se consiente toda esta infamia de tener autonomías, privilegios fiscales y dialectales amén de partidos separatistas.
Cataluña está dominada por los separatistas dialectales merced a la pasividad política de los gobiernos españoles. Finalmente, desde 2012 Cataluña vive en rebeldía abierta y permanente no sancionada aún de manera conveniente y contundente. Por eso la pantomima se prolonga. Pantomima, peligrosa, sedición posmoderna y progre pero peligrosa en última instancia en cuanto grandes potencias extranjeras decidan involucrarse a fondo en estos asuntos tan graves.
Los secesionistas son delincuentes por buscar la destrucción y el desmembramiento del Estado del que son súbditos, por ello son malnacidos y son cretinos porque sus argumentos son camelos propios de tontos de baba y porque no hay tonto bueno. Seguirán cometiendo delitos mientras se les permita cometerlos. No sabemos qué nos depara el futuro. Ójala España y el buen sentido triunfen.

sábado, 13 de enero de 2018

El criticismo nominalista y la ciencia del siglo XIV


El criticismo nominalista y la ciencia del siglo XIV.

Ya a partir del siglo XIII se produce una crítica a la física de Aristóteles. La crítica se produce dentro del propio pensamiento científico aristotélico, el cual proporcionó dese la base de su propio sistema las armas con las que fue atacado. El aristotelismo proporcionó los elementos y las premisas para su propia destrucción.

Durante estos años surgen nuevas ideas acerca de la naturaleza del método científico, sobre la inducción y el experimento y sobre el papel de las matemáticas en la explicación de los fenómenos físicos. El terreno de máximo efecto de la crítica escolástica es el de la dinámica; se minan las bases de todo el sistema de física (excepto la biología), con lo cual se prepara el camino a la aparición de nuevos métodos.

Hubo una idea recobrada en el siglo XII que hizo posible la expansión inmediata de la ciencia. Es la idea de que un hecho concreto es explicado cuando puede ser deducido de un principio más general. Se recurre así a una demostración formal. Esto fue utilizado antes por los lógicos y por los filósofos. Ya se estaba esbozando la importante distinción entre conocimiento racional y conocimiento experimental.

Por ello se recupera la idea de una ciencia racional demostrativa y se empiezan a estudiar los problemas metodológicos que van surgiendo. Se investiga sobre la relación lógica entre los hechos y las teorías o entre los datos y las explicaciones.

Sin embargo, la ciencia medieval se mantuvo siempre en general, dentro de la estructura de la teoría aristotélica de la naturaleza y no siempre sus deducciones eran completamente rechazadas aunque se contradijeran con los resultados de los nuevos procedimientos matemáticos, lógicos y experimentales.

Roberto Grosseteste fue uno de los primeros en entender y utilizar la nueva teoría de la ciencia experimental. Su teoría reúne tres aspectos, el inductivo, el experimental y el matemático.

No es posible la inducción total. Tampoco es siempre posible en la ciencia de la naturaleza llegar a una definición completa o a un conocimiento absolutamente cierto de la causa o forma de la que provenía el efecto, al contrario de lo que ocurría, por ejemplo, con los temas abstractos de la geometría, como los triángulos.

Grosseteste funda su método inductivo de eliminación o refutación sobre dos hipótesis acerca de la naturaleza de la realidad. La primera es el principio de uniformidad de la naturaleza, que dice que las formas son siempre uniformes en el efecto que producen. La segunda hipótesis de Grosseteste era el principio de economía.

Grosseteste consideró las ciencias físicas como subordinadas a las matemáticas, en el sentido de que las matemáticas podían dar la razón de los hechos físicos observados.

Tuvo lugar la crisis del paradigma antiguo porque con el tiempo las explicaciones causales físicas tomadas de la física aristotélica se volvieron cada vez más embarazosas.

Alberto Magno trató seriamente el problema de la inducción. Pero mucho más importante que él fue Rogelio Bacon, puesto que en él se hace explícito el programa de la matematización de la física y el cambio en el objeto de la investigación científica desde la naturaleza o forma aristotélica a las leyes de la naturaleza en un sentido moderno.

Tuvieron gran importancia para el conjunto de la ciencia de la naturaleza las discusiones sobre la inducción realizadas por dos frailes franciscanos de Oxford. Duns Escoto (1266-1308) realizó una contribución al problema de la inducción que fue la distinción muy clara que estableció entre las leyes causales y las generalizaciones empíricas. Escoto dijo que la certeza de las leyes causales descubiertas en la investigación del mundo físico estaba garantizada por el principio de uniformidad de la naturaleza, que él consideraba como una hipótesis autoevidente de la ciencia inductiva. Aun cuando era posible tener experiencia de sólo una muestra de los fenómenos asociados que se investigaban, la certeza de la conexión causal subyacente a la asociación conservada era conocida por el observador. El conocimiento científico más satisfactorio era aquel en el que la causa era conocida.

Guillermo de Ockham realizó un ataque radical contra el sistema de Aristóteles desde un punto de vista teórico. Atacó a la metafísica de las esencias debido a su voluntarismo teológico, pues el postulado fundamental de la teología de Ockham es una interpretación radical del primer artículo del Credo cristiano: Credo in unum Deum, Patrem omnipotentem. La posibilidad de formular principios necesarios y de apoyar en ellos demostraciones apodícticas supone que las cosas no sólo son de hecho tal como dicen esos principios y demuestran esas demostraciones (porque sobre puros hechos sólo puede informarnos la experiencia), sino que tienen que ser así; y, si admitimos esto, estamos restringiendo la omnipotencia de Dios. Si Dios es absolutamente omnipotente, carece de sentido especular sobre cómo tienen que ser sus obras; todo es como Dios Quiere, y Dios quiere lo que él quiere.

Entonces Dios es absolutamente libre. La esencia es la determinación, la ley necesaria de cada cosa. Si hay esencias, entonces hay una articulación racional del mundo por encima de la cual no es posible saltar. Y es preciso que nada sea absolutamente imposible, porque Dios lo puede todo. Por lo tanto, es preciso que, en términos absolutos, no haya esencias. Para Ockham la teoría que afirma la realidad del universal en la mente de dios implicaba que Dios quedaba gobernado o limitado en su acto creador por las ideas eternas. Hay una contingencia radical debido al voluntarismo teológico de Ockham. No hay esencias, no hay leyes absolutas, pues Dios es absolutamente libre.

La lógica terminista incipiente, iniciada en el siglo  XIII (Pedro Hispano, William de Wood) se caracteriza por su interés en el lenguaje y el significado.

 Se distinguen varias clases de términos: categoremáticos, referidos a la realidad, a la referencia, significan aisladamente. Y sincategoremáticos: son los functores, términos relatores.

Palabras y conceptos: la inferencia significativa de las palabras es convencional. El verdadero material de nuestro razonamiento no es el símbolo artificial, sino el natural (concepto). La aprehensión directa de una cosa causa de modo natural en la mente un concepto de esa cosa que es el mismo aunque se hablen idiomas distintos. El significado lógico de palabras en distintos idiomas es el mismo.

La proposición y la representación (suppositio). Los términos son los elementos de las proposiciones. Sólo en el seno de éstas adquieren la función de representar (suppositio). Esta función presenta varias modalidades:

Se representa a un individuo (Suppositio personalis).

Se representa a los miembros de una clase (Suppositio simplex).

Se representa a la palabra misma (Suppositio materialis).

Términos de primera o segunda intención. Los términos de primera intención representan a cosas que no son por su parte signos. Los términos de segunda intención representan términos de primera intención y se predican de éstos.

Los universales son términos que significan cosas individuales y que las representan en las proposiciones. Solamente existen las cosas individuales y por el mero hecho de que una cosa exista es por ello individual. Si el universal existe, ha de ser individual, por tanto afirmar su existencia extramental es contradictorio.

Una evidencia que recae directamente sobre universales sólo puede ser evidencia de conexiones entre nociones, en ningún caso evidencia de que haya realmente algo que corresponda a esas nociones. En otras palabras sólo el conocimiento intuitivo (esto es, experimental) nos da noticia de la existencia de alguna cosa; y el conocimiento intuitivo o experimental versa siempre sobre cosas individuales y concretas. Que hay tal o cual ente es una afirmación que no podremos jamás sacar de otra parte que de la experiencia. No es lícito racionalmente aceptar más entidades que aquellas que se dan en una experiencia concreta o aquellas cuya admisión es absolutamente necesaria en virtud de una experiencia concreta. Este es el sentido de una célebre fórmula que Ockham maneja constantemente: Non sunt multiplicanda entia sine necessitate; el propio Ockham lo explica así: sine necessitate, puta nisi per experientiam possit convinci.

Con esto está ya dicho que todo aquello cuya existencia Pueda ser afirmada es una cosa individual: omnis res positiva extra anima eo ipso est singularis. Ockham niega todo tipo de realidad al universal. Universalia sunt nomina.

La lógica del siglo XIII había llamado suppositiio a la propiedad que el término tiene de valer por o hacer las veces de la cosa (Terminus supponit pro re). Ockham insiste en que a) sólo lo individual existe, b) que los individuos pueden ser clasificados por la mente y para la mente, en géneros y especies; se trata de no añadir nada a esto, de resolver el problema ateniéndose estrictamente a los datos. Nada es universal para Ockham, ni siquiera el nombre, el nombre es singular.

Guillermo de Ockham era escéptico respecto de la posibilidad de conocer alguna vez las conexiones causales particulares o de ser capaz de definir las sustancias particulares, aunque no negó la existencia de causa o de sustancias como identidad que persistía a través del cambio. De hecho, creía que las conexiones establecidas empíricamente poseían una validez universal en razón de la uniformidad de la naturaleza.

Ockham basó el tratamiento de la inducción sobre dos principios. Primero, defendió que el único conocimiento cierto sobre el mundo de la experiencia era el que llamaba conocimiento intuitivo, adquirido por la percepción de cosas individuales a través de los sentidos.

El segundo principio de Ockham era el de economía, la llamada navaja de Ockham.

El efecto del ataque de Ockham a la física y a la metafísica de su tiempo fue destruir la creencia en la mayor parte de los principios sobre los que se basaba el sistema de la física del siglo XIII. En particular atacó las categorías aristotélicas de relación y de sustancia y el concepto de causalidad. Defendió que las relaciones como la de estar una cosa sobre la otra en el espacio, no tenían realidad objetiva, aparte de las cosas individuales perceptibles entre las que se observaba la relación. Según él, las relaciones eran simplemente conceptos formados por la mente. Esta idea era incompatible con la idea aristotélica de que el cosmos tenía un principio objetivo de orden, según el cual sus substancias componentes estaban ordenadas, y abrió el camino a la noción de que todo movimiento era relativo en un espacio geométrico indiferente sin diferencias cualitativas.

Ockham dijo, al tratar de la sustancia, que sólo se poseía experiencia de los atributos y que no se podía demostrar el que unos determinados atributos observados fueran causados por una forma sustancial determinada. Defendió que las secuencias de fenómenos regulares eran simplemente secuencias de hechos y que la función primaria de la ciencia era establecer estas secuencias por la observación. Era imposible tener certeza de una conexión causal. concreta, porque la experiencia proporcionaba conocimiento evidente sólo de los objetos o fenómenos individuales y nunca de la relación entre ellos como causa y efecto.

Un grado mayor aún de empirismo filosófico fue logrado por un francés contemporáneo de Okham, Nicolás de Autrecourt (muerto después de 1350). Este dudó absolutamente de la posibilidad de conocer la existencia de sustancias o de relaciones causales. Llegó a la conclusión de que del hecho de que se sepa que una cosa existe no se puede inferir evidentemente que otra cosa existe, o no existe,; de lo cual él concluía que del conocimiento de los atributos no era posible inferir la existencia de las sustancias.

El nominalismo afirmaba que el mundo natural era contingente y que por lo tanto las observaciones eran necesarias para descubrir algo sobre él.

En física el primero que realiza un análisis cinemático del movimiento es Gerardo de Bruselas (1187-1260) en su tratado “De motu”, al tratar el movimiento de rotación adoptó un enfoque característico de la ciencia moderna, considerando como objeto principal del análisis la representación de las velocidades no uniformes por medio de velocidades uniformes, análisis que implicaba inevitablemente el concepto de velocidad y parece que supuso que la velocidad de un movimiento puede expresarse por un número o una cantidad haciendo de ella magnitud, como el espacio y el tiempo.

Hacia finales del siglo XIII Gil de Roma propuso una forma completa de atomismo, que derivó su base de la teoría de Avicebrón sobre la materia como extensión especificada sucesivamente por una jerarquía de formas. Gil sostuvo que la magnitud podía ser considerada de tres maneras: como una abstracción matemática, como realizada en una substancia material no específica y en una específica.

Nicolás de Autrecourt abandonó por completo la explicación de los fenómenos en términos de formas sustanciales y llegó a adoptar una física completamente epicúrea. Llegó a la conclusión probable de que un continuum material estaba compuesto de puntos mínimos, infrasensibles e indivisibles, y el tiempo de instantes discretos, y afirmó que todo cambio en las cosas naturales se debía a movimiento local, esto es, a la agregación y a la dispersión de partículas. También creyó que la luz era un movimiento de partículas con una velocidad finita.

Según Ockham tiempo y movimiento no designaban res absolutae, sino relaciones entre res absolutas. Designaban rei respectivae, sin existencia real. Rechazó el principio básico de Aristóteles de que el movimiento local fuera una potencialidad actualizada. Definió el movimiento como la existencia sucesiva, sin reposo intermedio, de una identidad continua que existía en lugares diferentes; y para él el mismo movimiento era un concepto que no tenía realidad, aparte de los cuerpos en movimiento que podían ser percibidos. Era innecesario postular cualquier forma inherente que causara el movimiento, cualquier entidad real distinta del cuerpo en movimiento, cualquier flujo o curso. Todo lo que era necesario decir era que de instante a instante el cuerpo en movimiento tenía una relación espacial diferente con otro cuerpo. Cada efecto nuevo requería una causa; pero el movimiento no era un efecto nuevo, porque no era nada, sino que el cuerpo existía sucesivamente en lugares distintos. Ockham rechazó, por tanto, las tres explicaciones corrientes de la causa del movimiento de los proyectiles, el impulso del aire, la acción a distancia mediante las especies y la fuerza impresa dada al mismo proyectil. Rechazó la frase omne quod movetur, movetur ab alio y dio el primer paso hacia la formulación del principio de inercia y  a la definición de fuerza como lo que altera el reposo o el movimiento.

No fue sin embargo Ockham el que produjo la teoría física más significativa del siglo XIV, sino un físico, Juan Buridán. A las críticas corrientes de las teorías del movimiento de los proyectiles platónica y aristotélica añadió la de que el aire no podía explicar el movimiento rotatorio de una piedra de molino o de un disco, porque el movimiento continuaba aun cuando se colocara una cubierta sobre los cuerpos, cortando así el aire. Igualmente rechazó la explicación de la aceleración de los cuerpos que caen libremente por la atracción del lugar natural, porque defendía que el motor debe acompañar al cuerpo movido. La teoría del impetus, por medio de la cual explicaba los diferentes  fenómenos del movimiento constante y acelerado, se basaba, como la teoría anterior de la virtus impressa, sobre los principios de Aristóteles de que todo movimiento requiere un motor y de que la causa debe ser proporcionada al efecto. En este sentido, la teoría del impetus era la conclusión histórica de una línea de desarrollo dentro de la física aristotélica, más que el comienzo de una nueva dinámica de la inercia. Buridán sin embargo, formuló su teoría con mayor exactitud cuantitativa que sus predecesores.

Puesto que las explicaciones de la persistencia del movimiento de un cuerpo después de haber abandonado al motor original fracasaron, Buridán concluyó que el motor debe imprimir al mismo cuerpo un cierto impetus, una fuerza motriz gracias a la cual continuaba moviéndose hasta que era afectada  por la acción de fuerzas independientes. En los proyectiles este impetus se reducía progresivamente por la resistencia del aire y por la gravedad natural a caer hacia abajo; en los cuerpos que caían libremente, aumentaba gradualmente por la gravedad natural, que actuaba como una fuerza aceleradora que añadía incrementos o impetus sucesivos o gravedad accidental, a los ya adquiridos. La medida del impetus de un cuerpo era su cantidad de materia multiplicada por su velocidad.

Se ha pretendido hacer del impetus  una fuerza motriz duradera al hacer del impetus una res permanens, la cual mantiene al cuerpo en movimiento sin cambio en la medida en que no era afectado por fuerzas que lo disminuían o lo aumentaban. Buridán dio un paso estratégico hacia el principio de inercia. Es verdad que su impetus tenía algunas semejanzas notables con la dinámica del siglo XVII. La medida que propone Buridán del impetus  de un cuerpo como proporcional a la cantidad de materia y a la velocidad sugiere la definición de Galileo del impeto o momento, la quantité de mouvement de Descartes, e incluso el momento de Newton como el producto de la masa multiplicada por la velocidad. Es verdad que el impetus  de Buridán, en ausencia de fuerzas independientes, podía continuar en círculo en los cuerpos celestes y en línea recta en los cuerpos terrestres, mientras que el momento de Newton permanecía solamente en línea recta en todos los cuerpos y necesitaría una fuerza para ser llevado a una trayectoria circular. Galileo en esto no estaba con Newton, sino en una posición intermedia entre él y Buridán.

También existe una cierta semejanza entre el impetus de Buridán y la forcé vive, o energía cinética, de Leibniz. Buridán proponía el impetus  como una causa aristotélica del movimiento que debía ser proporcionada al efecto; por tanto, si la velocidad aumentaba, como en los cuerpos que caen, también debía hacerlo el impetus. Es verdad que se puede considerar el impetus de Buridán como un resultado de su intento de formulaciones cuantitativas, como algo más que una causa aristotélica, como una fuerza o poder poseído por un cuerpo, en razón de estar en movimiento, de alterar el estado de reposo o movimiento de otros cuerpos en su trayectoria. Es verdad también que existen demasiadas semejanzas entre esto y la definición de impeto o momento dada por Galileo en su “Dos nuevas ciencias” para  suponer que éste no debía nada a Juan Buridán. Pero considerándolo en su propia época, es evidente que el mismo Buridán consideró su teoría como una solución a los problemas clásicos que surgían dentro del contexto de la dinámica aristotélica de la que él nunca se evadió. No concibió el principio de inercia en el espacio vacío.

La teoría del impetus de Buridán fue un intento de incluir los movimientos celestes y los terrestres en un único sistema mecánico. En este terreno fue seguido por Alberto de Sajonia, Marsilio de Inghen y Nicolás Oresme. Oresme defendió que en la región terrestre había solamente movimientos acelerados y retardados. Adaptó la teoría del impetus a esta hipótesis y parece que no lo consideraba como una res naturae permanentes, sino como algo que duraba solamente algún tiempo.

Respecto de la dinámica terrestre, Buridán explicó el rebote de una pelota por analogía con la reflexión de la luz, diciendo que el impetus inicial comprimía la pelota con violencia cuando ella golpeaba el suelo; y cuando rebotaba, esto le daba un nuevo impetus, que hacía que la pelota saliera hacia arriba. Dio una explicación similar de la vibración de la cuerda y de la oscilación de una campana balanceándose.

Buridán, en sus Quaestiones de Caelo et Mundo, mencionaba que muchos defendían que el movimiento diario de rotación de la Tierra era probable, aunque añadía que ellos proponían esta posibilidad como un ejercicio escolástico. Se dio cuenta de que la observación inmediata de los cuerpos no podía ayudar a decidir si eran los cielos si se movían o lo era la Tierra basándose en observaciones. Esto tiene que ver con la relatividad del movimiento. Una flecha disparada verticalmente caía en el lugar desde el que había disparada. Si la Tierra girara, decía, eso sería imposible; y respecto a la sugerencia de que el aire que giraba arrastrara a la flecha decía que el impetus de la flecha resistiría la tracción lateral del aire.

El estudio de la rotación diaria de la Tierra realizado por Oresme fue más elaborado. El análisis de Oresme de todo el problema fue el más detallado y agudo realizado en el período que va de los astrónomos griegos a Copérnico.

Al defender el sistema geoestático, una cuestión importante estudiada por Oresme fue la del movimiento constante de las esferas. Puesto que su versión de la teoría del impetus no podía explicar el movimiento constante, retornó a una teoría vaga del equilibrio entre las cualidades y fuerzas motrices que Dios comunicó a las esferas en la creación para corresponder a la gravedad (pesanteur) de los cuerpos terrestres y la resistencia proporcionada que se oponía a estas fuerzas (vertus). De hecho, decía que en la creación estas fuerzas y resistencias habían sido conferidas por Dios a las inteligencias que movían los cuerpos celestes; las Inteligencias se movían con los cuerpos a los que movían y estaban relacionadas con ellos de la misma forma que el alma lo estaba con el cuerpo.

Oresme afirmaba que las direcciones del espacio, el movimiento y la gravedad natural y la levitación debían, en la medida en que eran observables, ser consideradas todas ellas relativas.

Oresme estaba de acuerdo con los que argüían que Dios por su potencia infinita podía crear un espacio infinito y tantos mundos como quisiera.

Oresme afirmó que sólo se podía decir que arriba y abajo eran absoluta y realmente distintos, pero únicamente respecto de un universo determinado. Podíamos, por ejemplo, distinguir arriba y debajo de acuerdo con el movimiento de los cuerpos ligeros y pesados. Oresme combinando esta teoría pitagórica o platónica de la gravedad con la concepción del espacio infinito, podía así prescindir de un centro del universo fijo al que estuvieran referidos todos los movimientos naturales de la gravitación. La gravedad era sencillamente la propiedad de los cuerpos más pesados de dirigirse al centro de las masas esféricas de materia. La gravedad producía movimientos únicamente en relación a un universo determinado; no había una dirección absoluta de la gravedad que se aplicara a todo espacio.

No había fundamento, por tanto, para argüir que, suponiendo que los cielos girasen ver, la Tierra debía estar necesariamente fija en el centro. Oresme demostró, basándose en la analogía de una rueda que gira, que era solamente necesario en el movimiento circular el que un punto matemático imaginario estuviera en reposo en el centro, como era supuesto, en efecto, en la teoría de los epiciclos. Además, decía que no era parte de la definición del movimiento local el que estuviera referido a algún punto fijo o a algún cuerpo fijo.

Oresme decía que le parecía que era posible defender la opinión, siempre sujeta a corrección, de que la tierra se mueve con movimiento diario y los cielos no. Y se dedicó a refutar las objeciones en contra: las objeciones que Oresme citó en contra del movimiento de la Tierra habían sido todas ellas tomadas de Ptolomeo e iban a ser utilizadas contra Copérnico; las hizo frente con argumentos que a su vez iban a ser utilizados por Copérnico y por Bruno.

La primera objeción a partir de la experiencia era que se observaba efectivamente que los cielos giraban alrededor de su eje polar. Oresme replicaba a esto citando el cuarto libro de la perspectiva de Witelo, que el único movimiento observable era el movimiento relativo.

La segunda objeción a partir de la experiencia era que si la Tierra giraba por el aire de Oeste a Este habría un soplo de viento fuerte continuado de Este a Oeste. Oresme replicó a esto que el aire y el agua participaban de la rotación de la Tierra, de forma que no habría tal viento. La tercera objeción era la que concibió Buridán: que si la Tierra giraba, una flecha o una piedra disparadas verticalmente hacia arriba deberían quedar atrás hacia el Oeste cuando cayeran, mientras que de hecho caían en el lugar de donde habían sido lanzadas. La respuesta de Oresme a esta objeción era muy significativa. Decía que la flecha se mueve muy rápidamente hacia el Este con el aire que atraviese y con la masa entera de la parte inferior del universo indicada antes que se mueve con movimiento diario y de este modo la flecha vuelve al lugar en la Tierra desde donde fue lanzada. De hecho, la flecha tendría dos movimientos y no uno sólo, un movimiento vertical a partir del arco, y un movimiento circular por estar en el globo en rotación.

Así, de la misma forma que a una persona que esté en un barco en movimiento cualquier movimiento rectilíneo respecto del barco le parece rectilíneo, a una persona en la Tierra la flecha le parecerá que cae verticalmente al punto de donde fue lanzada. El movimiento le parecería el mismo a un observador sobre la Tierra tanto si este girara como si estuviera en reposo. Esta concepción de la composición de movimientos se iba a convertir en una de las más fecundas en la dinámica de Galileo.

Las objeciones de razón contra el movimiento de la Tierra provenían principalmente del principio de Aristóteles de que un cuerpo elemental podía tener únicamente un solo movimiento que, para la Tierra, era rectilíneo y hacia abajo. Oresme afirmó que todos los elementos, excepto los cielos, podían tener dos movimientos naturales, siendo uno la rotación en círculo cuando estaban en su lugar natural, y el otro el movimiento rectilíneo por el que volvían a su lugar natural cuando habían sido desplazados de él. La vertu que movía a la Tierra en forma de rotación era su naturaleza o forma, igual que la que la movía rectilíneamente hacia su lugar natural. A la objeción de que la rotación de la Tierra destruiría la astronomía, Oresme replicaba que todos los cálculos y tablas serían los mismos de antes.

Los principales argumentos positivos que Oresme adujo en favor de la rotación de la Tierra se centraban todos ellos en que era más sencilla y perfecta la rotación que la otra alternativa, anticipándose una vez más notablemente a los argumentos de inspiración platónica de Copérnico y Galileo. Si la Tierra tenía un movimiento de rotación todos los movimientos celestes aparentes tendrían lugar en el mismo sentido, de Este a Oeste; la parte habitable del globo estaría en su lado derecho o noble; los cielos gozarían del estado más noble de reposo y la base de la Tierra se movería; los cuerpos celestes más alejados harían sus revoluciones proporcionalmente más despacio que los más cercanos al Este, en vez de más rápidamente, como ocurriría en el sistema geocéntrico. Entre las ventajas de la sencillez se contaba la de que la novena esfera ya no era necesaria. Sin embargo, Oresme creía en el geocentrismo. Oresme comprendió bien que ninguno de sus argumentos probaba positivamente el movimiento de la Tierra.

 

 

 

 

jueves, 11 de enero de 2018

Franco. El hombre superior providencial


Verdades obvias que todos debieran suscribir por higiene intelectual, moral y política. Franco fue el hombre superior providencial que libró a España del comunismo, de la miseria y del hambre. Uno de los hombres más inteligentes del siglo XX. Nada que reprocharle a un hombre que inauguró una edad de oro para España en el siglo XX. Sólo los resentidos, mediocres y enanos lo aborrecen y quieren ejercitar una damnatio memoriae de su figura gigante en contraposición a los enanos demócratas y progresistas. La falta de lecturas hace que la izquierda sea ágrafa.


PÍO MOA RESPONDE A GARCÍA CÁRCEL

‘Franco ganó la guerra sin perder ninguna batalla importante’

 

La Gaceta

España          / 05 enero, 2018 

 El historiador Ricardo García Cárcel escribía hace algunos días en El Español un texto hipercrítico con el régimen franquista donde arremetía duramente contra el general. Moa responde, uno por uno, a lo que considera “mitos” de García Cárcel.

Ricardo García Cárcel se ha creído en la obligación de clarificar lo que llama “el mito de Franco”, que según él gira “En torno a cuatro ejes: que Franco ganó la Guerra Civil con habilidades estratégicas dignas de Napoleón; que salvó a España de la destrucción al resistirse a entrar en la órbita de Hitler; que pilotó la salida de España del hundimiento económico y que fue el que urdió el proceso de la transición a la democracia. Vida privada y vida pública impecables conjugadas. Tenacidad, serenidad, sobriedad, desconfianza gallega y laboriosidad serían sus principales cualidades. Los defectos o más bien excesos se le atribuirían a su mujer. La nómina de elogios ha sido abrumadora y entre sus virtudes añadidas se han destacado su condición de gran cazador y pescador, experto en poderes sobrenaturales y hasta dominador extraordinario de las constantes fisiológicas. Hoy el relato épico y heroico de Franco está agotado pese a los intentos de Pío Moa. Los historiadores, ya desde la derecha (Payne), ya desde la izquierda (Preston), están todos de acuerdo en asumir la extrema mediocridad del personaje, su falta de ideas, su ambición de poder, su capacidad de supervivencia, su cercanía a dictadores latinoamericanos más que al propio fascismo europeo, su inserción en una historia larga de reaccionarismo ideológico español y de guerracivilismo”.

Esta sarta de… lo que sea, ha sido publicada en El Español bajo el rótulo de pensamiento, y ciertamente da una idea de lo que es el pensamiento antifranquista. Por partes: Franco ganó la guerra sin perder ninguna batalla importante. Napoleón perdió la guerra y además varias batallas cruciales. No hay, por tanto, comparación, salvando las escalas. Además, Franco partió de una posición prácticamente desesperada que habría hecho abandonar la partida por anticipado a casi cualquier otro general o político. Y la terminó elegantemente, sin disparar un tiro, después de haber adquirido poco a poco una superioridad aplastante, mientras sus enemigos se masacraban y fusilaban entre ellos mismos. ¿Ignora estos datos elementalísimos  el señor García Cárcel? Pues, la verdad, no me extrañaría, dado el penoso estado de la universidad. La guerra, además, no se hizo porque sí, no la hicieron cuatro locos como pretende Pedro J, otro pensador antifranquista. Se hizo para salvaguardar la unidad nacional, la cultura cristiana, la propiedad privada y la libertad personal, aunque para todo ello fuera necesario restringir  las libertades políticas. Y la iniciaron las izquierdas, no los “reaccionarios” como sugiere García Cárcel.

Luego, España no entró en la guerra mundial, con Franco ostentando la máxima autoridad; pero al pensamiento antifranquista le parece que no hay ninguna relación entre una cosa y la otra: la neutralidad, afirman, no se debió a Franco.  Aquí, el retorcimiento argumental escala cimas muy altas. Sin Franco, les guste o no, habría sido imposible evitar para España una guerra mucho más devastadora que la civil. Y ello se logró en medio de tremendas presiones y peligros, en situaciones rápidamente cambiantes en Europa. Fue una hazaña muy poco inferior a la de haber vencido a un Frente Popular compuesto de totalitarios, separatistas y golpistas  e indirectamente a su tutor Stalin.  ¿O le parece al señor García Cárcel que se trata de una fruslería que habría realizado cualquiera?  En el fondo, los pensadores antifranquistas desearían que España hubiera sido arrastrada al conflicto para poder ser “liberada” después por los bombardeos y tanques useños;  y volver al caos de la república  o de una monarquía como la que engendró aquel caos. Les da igual el torrente de sangre que habría costado tal “liberación”, no solo a España, sino a los demás países, incluidos los finalmente vencedores. ¿O no entran estas consideraciones en los análisis de García Cárcel?

Por otra parte, nadie, que yo sepa, sostiene que Franco urdiera o pilotara la transición a la democracia, como afirma nuestro pensador. Sí, en cambio, son ciertas dos cosas: que sin la transformación social y económica del franquismo, la democracia habría sido inviable; y que, efectivamente, la transición se hizo de la ley a la ley, es decir, a partir del franquismo, de su legitimidad; y no a partir del criminal Frente Popular, como propugnaban y propugnan los descerebrados antifranquistas. Estas no son opiniones sino hechos históricos que no podrá borrar la retórica hueca al uso, que está pudriendo la democracia hasta hacerla irreconocible.

Prieto sobre Franco: “alcanza el grado supremo del valor: es sereno en la lucha” En cuanto al carácter personal de Franco, es indudable su sobriedad, que no deja de ser una acusación a los políticos corruptos hoy tan frecuentes; o su valor, reconocido  por sus enemigos (“alcanza el grado supremo del valor: es sereno en la lucha”, admitía el socialista Prieto). Y su inteligencia militar y política está fuera de duda, salvo para ciertos descerebrados: durante cuarenta años venció sistemáticamente a todos sus enemigos, militares o políticos, internos o externos… ¡el condenado mediocre! Pero García Cárcel, siguiendo una línea permanente en el antifranquismo, caricaturiza opiniones contrarias para permitirse el gusto pueril de reírse de ellas.

Por lo demás, otros méritos contribuyen al “mito” de Franco: venció también al maquis, una difícil guerra de guerrillas comunista como la que en Grecia obligó a Inglaterra a tirar la toalla. Venció asimismo al aislamiento internacional, que perseguía el bonito objetivo de sembrar hambre masiva en España, a ver si los españoles se decidían a derrocar a Franco. Un aislamiento decidido por regímenes comunistas, demócratas y dictaduras variopintas, todos juntos y en unión: no alcanzaron su objetivo y tuvieron que tragar, resignarse al régimen español, aunque no dejaran de hostigarlo. Un régimen históricamente necesario y que no habría podido resistir a tales presiones y hostilidad sin un enorme apoyo de la gente. Pues el pueblo recordaba muy bien lo que habían sido la república y el Frente Popular, no como ahora, cuando sus panegiristas los pintan contra toda evidencia como un ridículo paraíso de libertad y progreso. Y al morir Franco, España era uno de los países más ricos y con mayor esperanza de vida del mundo, había salido de la miseria y degradación de la república y el Frente Popular, y olvidado los odios que ahora vuelven a resurgir por obra de los geniales antifranquistas.

En fin, traten ustedes de pensar en otro general o político del siglo XX, demócrata o no demócrata, español o extranjero, con un historial de logros comparable al de Franco. Hagan este pequeño ejercicio intelectual, que propongo en el libro Los mitos del franquismo.

 

Pero, concluye García Cárcel repitiendo la letanía de rigor: Franco era un mediocre lamentable, sin ideas y con no sé cuántas deficiencias más. Vamos a ver hombre, mírense ustedes al espejo y verán un perfecto reflejo de ese Franco que ustedes se empeñan en imaginar.

 

Mientras no salgamos de esta miseria intelectual y moral, la sociedad continuará descomponiéndose. Y en esto no hay que transigir. Porque existen también tendencias que intentan pasar por imparciales y objetivas a base de dar una de cal y otra de arena: “Hay quien dice que dos y dos son cuatro, otros afirman que son seis. Pongámonos en el justo medio: son cinco”.

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 6 de enero de 2018

La antropofagia precolombina

Es un hecho evidente el de la antropofagia de los aborígenes o indígenas americanos precolombinos. Se comían los unos a los otros. Hernán Cortés nos refiere y también Bernal Díaz del Castillo, tres cosas aberrantes: la sodomía, la antropofagia y por lo tanto, los sacrificios humanos y la idolatría. Cortés siempre intentó acabar con tales prácticas y a fé mía que sí lo consiguió. Siempre decía que venía a poner orden y paz allá por donde pisaba y exigía la cesación de tales prácticas. La sodomía prosigue existiendo a día de hoy, pero la idolatría y la antropofagia fueron erradicadas. Los progresistas e indigenistas mexicanos, hombres blancos, con apellidos españoles, nombres anglosajones, criollos y residentes en México no tienen ni puta idea de historia y repiten la Leyenda Negra Antiespañola en América. En 1800 se vivía mejor en México que en Europa Occidental y en 1900 ya mucho peor. Fue la secesión la que destruyó todo y no supo poner un orden social, político y jurídico mejor. Pero es que en su ignorancia culpable tales criollos afirman que serían los españoles quienes en 1800 vivirían mejor. Idiotas. Españoles eran los de la Nueva España y los de España, la Península. Había menor presión fiscal en América que en la Península. Ejemplo de un Imperio generador que no solo reproduce las condiciones materiales y políticas de la Metrópoli, sino que además eleva las condiciones materiales de las provincias por encima de las que disfruta la Metrópoli. No existe ningún otro imperio en la Historia en el que se haya dado tal situación. La suerte de los indígenas empeoró con la secesión. Basta ya de imposturas y falsedades sobre España propaladas por los criollos para justificar su incompetencia y su fracaso político. El imperio mexicano consistía en saquear a los demás grupos o tribus indígenas, incluidas las proteínas animales humanas extraídas de los indígenas que eran sacrificados y devorados por los mexicanos antiguos. Imperio depredador, salvaje y carente de escritura. En fin. Hernán Cortés trajo la civilización a México y lo elevó a la altura de Europa Occidental para bien de los mexicanos y para gloria de España.

viernes, 5 de enero de 2018

La lucha contra el hombre inferior dialectal

El hombre dialectal es aquel hombre que tiene su cabeza, su entendimiento, su conciencia invadidos por el dialecto. El dialecto es una lengua ridícula sin importancia política, intelectual, científica, filosófica, literaria, minoritaria, familiar, comarcal, regional. Sin embargo, en España las élites caciquiles regionales fomentan el dialecto para consolidar su poder político y la división política, bases de la duración y consolidación de su poder político y de paso hacer a sus hablantes unas bestias de carga. El español siempre ha sido emancipador y liberador porque es una lengua universal, mundial. El dialecto empequeñece y embrutece, aísla, divide y separa y provoca disensiones. Imponer el dialecto siembra discordias en España y hace todo más ridículo e idiota. Por esta razón se impone necesariamente para el buen sentido la lucha contra el hombre inferior dialectal. Un hombre dialectal es un ser profundamente defectuoso. Pudiendo hablar español para hacerse entender por todos prefiere usar el dialecto para hacerse entender por pocos. La lucha contra el Estado de las autonomías exige igualmente la lucha contra el dialecto, contra su imposición obligatoria, contra su uso oficial, contra aquellos que promueven la división y en última instancia la desmembración de España. Ni imposición, ni oficialidad ni inmersión lingüística, digo dialectal, en la escuela.

lunes, 1 de enero de 2018

Facebook, el edén de los derechos naturales del hombre

La arbitrariedad de los dueños de Facebook no conoce límites ni fronteras. Prohíben desnudos o lo que les parece que no es apropiado. Sus normas comunitarias son objeto de interpretación parcial e interesada. Bastan denuncias de un puñado de bastardos para que te suspendan la potestad de escribir y de comunicarte, tanto en Facebook como en el mensajero. No puedes enviar mensajes y nunca te hacen caso de tus alegaciones. Cosas tan ridículas como acusarte de ser malo por afirmar una verdad palmaria para todo el mundo, como por ejemplo, que los mexicanos -así los llama Bernal Díaz del Castillo, no aztecas- eran antropófagos y se alimentaban de las tribus indias vecinas, eso provoca denuncias de los progres indigenistas mexicanos actuales que desean retornar a la época precolombina hablando español y teniendo apellidos españoles, y entonces Facebook ejecutando su ortograma imperialista progresista negrolegendario antiespañol pues nada, te prohíbe arbitrariamente escribir durante un tiempo. Las alegaciones bien fundadas no te sirven de nada ante estos atropellos. Facebook es pues el edén de los derechos naturales del hombre.