miércoles, 18 de mayo de 2016

Institutos

Los progres con sus estúpidas ideas pedagógicas y demagógicas han convertido la instrucción pública en una escombrera y han sustituido la enseñanza por la inculcación de actitudes morales e ideológicas para las cuales muy pocos conocimientos son necesarios. Obreros útiles para la industria o tal vez, antesala del paro, de convertirse en residuos sociales inasimilables para el sistema social capitalista monopolista transnacional. Ni hace falta mucha mano de obra ni hace falta que la población esté instruida. Sólo hace falta acumular, adoctrinar, clasificar, nada más. No importa saber o no saber. Es inútil y no funcional instruir esmeradamente al vulgo. Sólo hace falta una élite bien pagada y bien preparada y una clase obrera precaria mal formada y por último, los residuos, el lumpemproletariado condenado a malvivir y a cometer delitos y a vivir en la bruticie de por vida.
Encima, los progres, los que ocupan la dirección de los institutos son solidarios con la Administración y con la sociedad de las familias para perpetrar este conjunto de iniquidades arriba referido. El derecho a la libertad de cátedra, a la libertad de expresión, a la presunción de inocencia, todos estos derechos conexos entre sí han desaparecido. La sociedad de las familias sólo quiere que sus hijos estén cómodos, no se cansen y aprueben contentos. Los directores están dispuestos a complacerlas aunque sea realizando actos indignos e idiotas considerados desde fuera, desde el buen sentido.
El bachillerato está en ruinas, amparado y protegido por profesores cobardes, pequeño-burgueses y progresistas. Y están contentos y satisfechos y sin embargo, hacen continuos planes para conseguir un mayor número de aprobados cada vez para indicar que todo va bien y que el progresismo pedagógico es algo maravilloso. La pedagogería, la colonización jurídica de la enseñanza han conseguido nada, no enseñar nada y estar creando un clima de autosatisfacción suficiente gracias a los planes de mejora de resultados. No pueden admitir el fracaso, que hay alumnos que no quieren aprobar, que son zoquetes, coño. No. Eso no existe. La excelencia es insolencia antidemocrática. El alumno tiene derecho a aprobar cómodamente sin mucho esfuerzo y sin muchas luces. Ha llegado la democracia de la mediocridad, del relativismo moral y del derecho a parasitar los institutos en un engaño colectivo y cómplice consociacional entre los miembros de la comunidad educativa lo llaman así ellos. Institutos progresistas, bilingües, contentos y sin servir al bien público.

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