lunes, 13 de abril de 2020

Física y filosofía


Física y filosofía.

Desde el comienzo, la física ha estado íntimamente imbricada con la filosofía. La cosmología o filosofía de la naturaleza ha sido una reflexión filosófica sobre la esencia del mundo natural, el mundo externo. Al principio no se distinguía claramente entre filosofía y física. Incluso Newton se consideraba un filósofo natural. Su obra de 1687 se llamaba Principia mathematica philosophiae naturalis. La conexión entre filosofía y física ha estado pues siempre presente. Hoy incluso, a pesar de la división del trabajo, las cuestiones de la física conciernen grandemente a la filosofía. Hoy hay una estricta separación entre física y filosofía, pero tal división o separación no tenía lugar cuando nació el pensamiento metafísico, la metafísica presocrática.

1.    La filosofía de la naturaleza.

En la Antigüedad se entendía por filosofía de la naturaleza, peri physeos, historia, en Platón (Fedón 96ª); Peri physeos episteme, en Aristóteles (Física 184 a 15); Philosophia naturalis en Séneca (Cartas morales 88 y 24) el estudio de la naturaleza; por naturaleza entendían, pues la naturaleza de algo del mundo perceptible. El objeto de la filosofía de la naturaleza era, pues, la naturaleza de determinadas clases de cosas (en Aristóteles, en el De caelo y en el De anima), o el concepto de “la naturaleza de algo del mundo perceptible” (Aristóteles en la Física), o ambas cosas. La Filosofía de la Naturaleza se diferenció de la metafísica y de la ética y la lógica. Al partir de la idea esquemática de que la naturaleza de una cosa es el principio de su comportamiento, la elaboración del concepto de naturaleza se desarrolló a lo largo de una controversia sobre el cambio (la categoría más universal acerca del comportamiento de las cosas perceptibles), sobre el espacio y el tiempo (el medio de su comportamiento) y sobre las relaciones causales (los modos explicativos necesarios acerca de su comportamiento).

      Ha habido diferentes conceptos de naturaleza a lo largo de la historia de la filosofía, entre otros están: el concepto mecanicista-atomista-materialista (Th. Hobbes), el filosófico-emergentista (A.N. Whitehead), el materialismo modal-atributivo (B. de Spinoza), el monadológico (G.W. Leibniz), el subjetivista-fenomenista (R. Carnap, 1928) y el indeterminista (Ch. S. Peirce). Estos conceptos de naturaleza, sin embargo, son sólo en un sentido derivado, al mismo tiempo, conceptos de naturaleza en el sentido de totalidad de las cosas del mundo perceptible; sólo se convierten en un concepto tal cuando a los conceptos de naturaleza de las cosas se los considera por primera vez como partes de una totalidad.

      En la metafísica presocrática y en el Timeo de Platón, encontramos que no hay demarcación entre física y filosofía, se encuentran principios científicos y filosóficos por igual y entrelazados mutuamente. Aparte del intento de Platón –en el fondo físico- por aplicar la naturaleza de las cosas por su composición (de corpúsculos con forma de poliedro regular), el Timeo contiene también una teoría filosófica sobre la naturaleza de las cosas, a las que se considera reproducciones, instaladas en un recipiente de unas formas inmutables. Aristóteles fue el primer filósofo-científico que planteó explícitamente el problema del concepto de naturaleza y la demarcación de las ciencias y por esto es con propiedad el fundador de la filosofía natural. Al concepto de naturaleza propuesto en la Física se llega: a) usando una serie de propiedades que necesariamente se dan en una gran multitud de cambios (hilemorfismo); b) usando un grupo de factores que son necesarios para una completa explicación del cambio,  (teoría de las cuatro causas); y c) usando unas definiciones sobre el cambio, la magnitud infinita, el lugar y el tiempo. Pero la filosofía de la naturaleza de Aristóteles contiene también concepciones científicas y cosmológicas e muy estrecha conexión con las ya citadas. Aristóteles propone, p. ej., una teoría sobre la caída libre, el movimiento de un proyectil, los elementos, la causa de todo movimiento, y también sobre la limitación espacial y la ilimitación temporal del cosmos. Esta amplia (y vaga) concepción de la filosofía de la naturaleza prevaleció durante toda la Edad Media, y fue incluso conservada por aquellos pensadores de la Baja Edad Media que no compartieron las opiniones de Aristóteles sobre la posibilidad de un movimiento en el vacío (Guillermo de Ockham, Quaest. Super lib phys. 90), sobre la causa del movimiento de un proyectil (Buridán (1509) VIII 12) o sobre la naturaleza del lugar (Crescas, Or adonai I. II).

En la Edad Moderna, la física conoció un inmenso desarrollo y una crisis de fundamentos al aparecer los métodos empíricos y el proceder more et ordine geometrico. Pero predominaba la concepción de la unidad entre la filosofía y la física. Descartes, creyó que podía deducir la ley de la inercia de la inmutabilidad de Dios y que la experiencia sólo sirve para decidir qué mundo, de los deducidos de unas leyes aprióricas, es el real. Kant divide la filosofía de la naturaleza en una física, que formula las leyes empíricas, y en una metafísica de la naturaleza, que expone los presupuestos necesarios que posibilitan el conocimiento empírico. Según F.W.J. von Schelling, la filosofía de la naturaleza debería ser un conocimiento superior intuitivo de la naturaleza y no –como él la llamó- una ciencia ciega e irreflexiva que sólo partiera de fenómenos, y avanzar, por el contrario, desde unos principios logrados intuitivamente hasta unas soluciones seguras y necesarias de los problemas científicos.

Los éxitos de la física mecanicista que se iban produciendo de un modo independiente de la filosofía produjeron una separación entre física y filosofía. La filosofía de la naturaleza que se forma a partir de esta separación, puede clasificarse, en parte, como descriptiva, y en parte como especulativa. La filosofía descriptiva de la naturaleza pone el acento o en la experiencia cotidiana inmediata o en la ciencia física sobre todo. Son aportaciones a una filosofía de la naturaleza que pone el acento en la experiencia inmediata, o en el lenguaje cotidiano, las presentadas ya por Hume en su análisis de la causalidad y en el siglo XX, por N. Goodman, con un análisis de la disposición de los predicados; por M. Merleau-Ponty, con un análisis del espacio, y por G.E.M. Anscombe, con un análisis del tiempo. La intensificación y el crecimiento de la física han motivado tanto investigaciones que esclarecen un concepto científico de naturaleza a  partir de la metodología natural de la ciencia física (p.ej. H. Margenau, R. B. Braithwaite) mo también trabajos sobre conceptos concretos usados en la física (H. Reichenbach (The direction of Time) y el tratado general de N. Hartmann sobre las categorías del lenguaje corriente y del científico en su filosofía de la naturaleza (1950). Normalmente, los descriptivistas pretenden, al menos implícitamente, que lo que ellos describen representa la experiencia o el lenguaje de la naturaleza tal y como ella realmente es.

      La reciente filosofía de la naturaleza especulativa, o intenta expresar una actitud científica actual o futura valiéndose de una imagen filosófica del mundo, o intenta precisar un sistema de categorías que sobreviva incluso a los cambios más radicales en la situación científica. F. Engels intentó lo primero cuando escribió su Dialéctica de la naturaleza; en las teorías evolucionistas de la astronomía, la geología y la biología encontró la base para sus leyes dialécticas de la naturaleza. De un modo semejante, J.J.C. Smart intenta en el siglo XX formular una imagen coherente del mundo con argumentos simplemente plausibles, que puedan referirse a concepciones científicas de su tiempo (lo cual es un paralelo del proyecto clásico de Platón: construir un modelo del mundo ampliando de un modo aceptable el saber astronómico y matemático del que se disponía en su época). Otros defensores del primer grupo opinan que la función de la filosofía de la naturaleza consiste en esbozar la ciencia en su forma definitiva (P. Duhem) o al menos en una nueva fase (P. Feyerabend). Representativo de este segundo grupo es, sobre todo, A. N. Whitehead, quien intentó precisar un sistema de categorías que trascendiera todas las diferencias de las diversas épocas científicas. Este intento une a Whitehead con Aristóteles, quien con su teoría del cambio quiso trascender las distinciones entre el cambio de la vida cotidiana y el científico, y también con Kant, para quien las categorías debían ser unos presupuestos necesarios para cualquier conocimiento de la naturaleza.

2.   Visión de conjunto.

La filosofía no estudia las cosas en sí mismas. No estudia tampoco la realidad. Las cosas del mundo son estudiadas por las ciencias. La filosofía es una reflexión crítica de segundo grado. La filosofía estudia las prácticas humanas. La ciencia es una práctica humana más entre otras. La Filosofía no puede relacionarse con la naturaleza directamente, sino por la consideración del proceder y de los resultados cognitivos de la ciencia física. La filosofía necesita de la física como objeto para alimentar su reflexión y su crítica. El físico por su parte, necesita de la filosofía. No por despreciar la filosofía se salvará de ella. No podrá escapar de ella. En efecto, cuando decimos que la filosofía no nos interesa, lo que probablemente hacemos es sustituir una filosofía explícita de la física por otra implícita, esto es, inmadura e incontrolada: la filosofía espontánea de los físicos. Como dice Mario Bunge (1919-2020), la filosofía de la física es una rama de la filosofía de la ciencia, junto a otras disciplinas similares, tales como la filosofía de la biología y la filosofía de la psicología.

Mario Bunge propone una Nueva filosofía de la física (NFF). Los ingredientes de esta (NFF) serían los siguientes:

Ecuación de movimiento: el input específico debería ser la totalidad de la física, pasada y presente, clásica y cuántica. El output correspondiente debería ser una versión realista (análisis y teoría) de procedimientos actuales y óptimos de investigación, de ideas concebidas y concebibles, de metas perseguidas actualmente y metas posibles tanto en la física teórica como en la experimental.

Vínculo: la NFF ha de adecuar su ritmo no sólo a los adelantos de la física, sino también a los adelantos relevantes de la filosofía exacta, en particular la lógica y la semántica.

Condición de contorno: La NFF debería elaborar la mayor parte de la tradición de la filosofía clásica, asimilándola críticamente.

La filosofía de la física puede desempeñar al menos cuatro funciones útiles:

1). La asimilación filosófica de la física consiste en enriquecer la filosofía mediante el tratamiento de las ideas y métodos desarrollados en la física. Merced al análisis del trabajo real de los físicos experimentales y teóricos, el epistemólogo puede concebir hipótesis generales relativas a la naturaleza del conocimiento humano y a los modos de hacer que crezca o caiga en decadencia. Examinando teorías físicas profundas, el metafísico puede inventar teorías generales acerca de la naturaleza de las cosas. En resumen, la filosofía de la física puede contribuir (y, en cuanto cuestión de hecho, ha contribuido a menudo) a la expansión e incluso a la renovación de la filosofía.

2) La planeación de la investigación se lleva a cabo con alguna u otra filosofía en mente. Si la guía (o mala guía) es una estrecha filosofía empirista, la investigación quedará limitada a la recolección de datos y a teorías fenomenológicas o de caja negra que cubren esos datos sin explicarlos. En cambio, si se adopta una filosofía más liberal entonces no se impondrán limitaciones a la profundidad de la teoría ni a la dependencia de las teorías respecto de los experimentos. En particular, la búsqueda de teorías intrépidas y de nuevos tipos de datos vendrá entonces estimulada más que desacreditada.

3) El control de calidad de la investigación consiste en confrontar y evaluar la valía e importancia de los resultados experimentales y teóricos. ¿Son fiables los datos? ¿Son válidos para contrastar teorías, las ponen en movimiento, o plantean cuestiones que exigen nuevas teorías? ¿Son las teorías dignas de crédito? La respuesta a cualquiera de estas cuestiones implica algunas ideas filosóficas sobre la naturaleza de la verdad, el entrejuego de la experiencia y la razón, la estructura de las teorías científicas, y así sucesivamente..

4) Por limpieza de la casa, se entiende el inacabable proceso de aclarar ideas y procedimientos.

En conclusión: todo físico que arañe la superficie de su propio trabajo está destinado a vérselas cara a cara con la filosofía aun si no la tiene por cosa cierta. Si reconoce a la bestia, tiene dos posibilidades. Una es dejarse subyugar, esto es, sucumbir a la filosofía prevaleciente que, al ser popular, está obligada a ser grosera e incluso retrógrada. La otra posibilidad es estudiar la bestia esperando domesticarla, esto es, llegar a familiarizarse con algo de la investigación en la filosofía de la física, examinándola críticamente y tratando de ponerla al servicio de su propio trabajo científico.

3.   La física antigua y sus implicaciones filosóficas.

La tesis más importante de los physiologoi (presocráticos) fue que la variedad y multiplicidad de las cosas se encontraba ordenada por un principio unitario, o que derivaba de una sustancia unitaria, de tal modo que esta variedad podía explicarse, genéticamente, como producto de cierta evolución a partir de este proceso o sustancia material subyacente. Lo que se intentó construir fue una teoría unificada del universo: de su aparición, su estructura y sus procesos de cambio y transformación, sobre la base sola de principios físicos. Es una metafísica cosmista pues la metafísica presocrática.

Según Tales todo estaba formado por agua o procedía del agua. El agua era la sustancia por excelencia de la que surgían o estaban formadas todas las cosas.

 Anaximandro postula la existencia de una infinita substancia indeterminada como origen de todas las cosas. El ápeiron da lugar a los elementos, que salen de él (o se separan de ella) en virtud de un movimiento turbulento propio o vórtice. Así pues, son los propios elementos. Su disolución es inevitable. Esto es la justicia. Si los elementos se usurpan el lugar los unos a los otros, sufren castigo. Esto es injusticia, por ello “pagan multa y retribución” unos a otros por su injusticia de acuerdo con el tributo debido al tiempo”. El cambio resulta, así, la manifestación inevitable de una justicia retributiva. Así pues, la aportación de Anaximandro a la historia de la filosofía sería:

1.    La idea de una actividad o movimiento original por el que todo se origina y se transforma, y la idea acerca de cómo opera este movimiento (como movimiento turbulento que segrega los elementos originales de lo indeterminado).

2.    La idea de elemento y de que las cosas del mundo son combinaciones o mezclas de tales elementos primarios.

3.    La idea de cambio constante en el mundo, de que las cosas son mezclas no permanentes y de que el cambio tiene lugar por combinación y disolución de elementos.

4.    La idea de lo indeterminado como punto de partida u origen y como campo o proceso unitario que contiene en sí mismo todos los elementos necesarios para la formación del mundo.

5.    La idea de una necesidad de tipo legislativo que opera a través del tiempo, es decir, de una legalidad que todo lo abarca en la naturaleza.

Anaxímenes propone el aire como sustancia única de la que están hechas todas las cosas. Pero  no sólo presenta una sustancia única capaz de transformarse, sino que también sugiere el mecanismo de esta transformación mediante los procesos naturales de condensación y enrarecimiento, deducidos de la experiencia cotidiana.

Heráclito da un cambio a la explicación física: en lugar de tomar los elementos de una cosa como el origen último de todas las cosas, toma como último el propio proceso de cambio. No hay elementos determinantes. Sólo hay un flujo, un proceso constante de cambio y de transformación. Este flujo es una lucha de contrarios entre lo que es y lo que no es. La unidad de la naturaleza es una unidad del cambio continuo y la propia transformación, que opera por necesidad o ley. El Logos es la ley que rige el proceso de cambio. El cambio es, pues, legaliforme.

El eleatismo desarrolla la teoría del monismo del ser, de su unicidad. Si el ser es Uno, el cambio y la transformación no se dan. El Ser es y el no Ser es lo que no es. El vacío no es. “Lo que no es no puede concebirse, ni puede concebirse ni nombrarse”. “Aquello de lo que se habla y se piensa debe ser necesariamente ser…., pero no es posible que la nada sea”. No puede haber pluralidad, ni movimiento en consecuencia.

      Empédocles explicó la combinación de elementos, imaginando diferentes proporciones de los cuatro elementos originales en combinaciones que “llenaban” todo el espacio. El espacio estaba lleno como en Parménides, pero con una variación interna en la distribución de los elementos cualitativos.

      Según Anaxágoras existen infinitas clases de elementos, así como infinitos elementos. Por cada cualidad existente en el mundo hay un elemento y es más: en su concepción espacial o corpórea de estos elementos, dice  que pueden encontrarse infinitamente divididos o escindidos, de tal modo que  “no exista una parte más pequeña todavía”. Siempre hay división infinita. La materia es continua. Por otro lado, todo está en todo. Para dar orden a esta pluralidad física infinita postula algo trascendente a esta mezcla física, pero que regula todas las cosas en su mezcla y combinación y es la fuente de su movimiento o actividad, es decir, de todos los cambios que tienen lugar en el mundo físico. Este algo es, de por sí, puro y sin mezcla, no constituido por ninguna otra cosa, y es una esencia con actividad propia que, de hecho, ordena la pluraldad y es el agente activo de ese cambio por combinación y disolución que da lugar al mundo de nuestra experiencia. A este algo lo llama Nous.

      El pitagorismo no consideraba los elementos como entidades físicas que pudieran percibirse o sentirse, sino como entidades conceptuales, como objetos del pensamiento. La entidad conceptual central de la filosofía pitagórica es el número. De hecho, decían que todas las cosas son número o, que todas las cosas se encuentran constituidas en forma de relaciones numéricas o razones: la estructura última o ser de cualquier cosa es, por tanto, su forma matemática. Los pitagóricos pusieron un límite a la divisibilidad de las cosas. Si las cosas están formadas por números, el límite es el uno, a partir del cual queda constituida la magnitud.

      El desarrollo pitagórico de la idea de átomos numéricos como unidades puntuales elementales encuentra su expresión en el atomismo de Leucipo y Demócrito (y más tarde, Epicuro y Lucrecio) Hay átomos y vacío. Los atomistas griegos llamaban al espacio el no ser y lo comparaban con el eterno e indestructible pleno ser, pampleres on. El término to me on, no ser es un término que tomaron de los antiguos filósofos eleáticos, para quienes el no ser era simplemente la nada. Leucipo adoptó el lenguaje eleático, pero no el pensamiento eleático. En su idea, no había solución para las paradojas que tanto habían acentuado los eleáticos, a menos que se concediera al vacío cierto grado de existencia: la clase de existencia que pertenece al espacio desocupado, la condición que se consideraba necesaria para la realidad del movimiento y diversidad. A decir verdad, Demócrito, aprovechándose de la sutil distinción entre dos negativas griegas, me y ouk, acuñó su propio término para el espacio no ser  (to ouk on): evitó así el desorientador término original me on aceptado por Leucipo .que con tanto vigor evocaba la pura nada de los eléatas. Los átomos se mueven a través del vacío por medio de un movimiento inherente o natural. Así pues, el mundo está formado por átomos en movimiento y vacío; las cosas son combinaciones de estos átomos, y estas combinaciones tienen lugar no por la intervención de una mente o agente unificador, sino por obra del azar y de la necesidad. Es ésta una explicación mecánica del movimiento.

Platón en su cosmología introduce la dualidad de forma y materia y formula la hipótesis de que, como instrumento mediador hay una fuerza activa o demiurgo, que impone el orden de las formas ideales a la materia recalcitrante e informe, que sirve de receptáculo de estas formas. En su teoría física, que revela la poderosa influencia de las matemáticas pitagóricas y de algunas de las ideas atomísticas de Demócrito, emprende la interpretación del universo sobre la base de un modelo matemático.  Al igual que los pitagóricos, Platón toma el triángulo como figura plana más sencilla y elemento básico de su interpretación. Postula dos triángulos básicos (el medio cuadrado, o isósceles rectángulo, y el semiequilátero o triángulo de 30º-60º-90º) y pasa a construir por combinación de estas figuras planas, los “sólidos básicos”. Supuso, además, que los sólidos básicos eran los cinco poliedros regulares convexos, que además interpretó como elementos físicos, fuego, aire, tierra y agua y lo que él denominó cosmos.

      Aristóteles parte del movimiento como un hecho evidente. El ser es uno y múltiple a la vez: uno en acto y múltiple en potencia. Aristóteles dice que en un sentido, el no ser no puede engendrar el ser, y que, a partir de ello, lo que es era ya necesariamente antes. Pero la experiencia nos obliga a reconocer dos modos de significarse para el ser: existe el ser en potencia y el ser en acto, y a partir de ello se comprenderá que el ser en acto procede de aquello que no estaba en acto, pero sí en potencia.

      El movimiento, es extático , lo cual quiere decir que hace salir al ser de sí mismo, impidiéndole ser únicamente esencia, obligándole a ser también sus accidentes, expresando en este caso este también no solamente una superabundancia, sino una profusión parasitaria, y, por consiguiente, una deficiencia ontológica.

      Según Aristóteles, los principios del movimiento son tres. Inicialmente, es preciso colocar dos contrarios, que son el punto de partida y el punto de llegada del movimiento. Este último principio es la forma, es decir, lo que la cosa llega a ser por generación; el punto de partica del advenimiento de la forma es la privación de esta forma. Pero es preciso un tercer principio que asegure la continuidad del movimiento y le impida ser una sucesión desordenada de muertes y nacimientos. Este tercer principio es el sustrato o materia que es lo que subsiste bajo el cambio. Podría decirse también que la forma es el futuro del móvil, la privación de su pasado; la materia, lo que permanece eternamente presente. La forma no es menos eterna que la materia; al no poseer apenas partes que podrían componerse progresivamente, es ingenerable; no deviene en el tiempo, sino que adviene o desaparece en el instante.

      El ser natural (physeion) es el objeto propio de la física. Distingue Aristóteles de él el ser artificial. El ser natural posee en sí mismo un principio de movimiento y de reposo. Mientras que, en el arte, el agente es exterior al producto, la naturaleza es un principio inmanente al ser natural. La naturaleza es sujeto de su propio movimiento. La naturaleza actúa como causa final, como principio organizador: en este sentido, se opone al azar.

      El principio del movimiento es la forma. La forma es el fin del proceso natural.  La física no estudia la forma en cuanto separada de la materia, porque este estudio pertenece más bien a la filosofía primera. El físico verdadero se ocupa tanto de la forma como de la materia inseparablemente.

       El azar es una causa oculta a la razón humana. El azar  no es la ausencia de causa ni una causa trascendente. El azar es la relación retrospectiva de una serie causal real, dotada de una cierta finalidad, con una finalidad distinta de la primera, pero imaginaria. Tal concepción del azar no introduce ninguna falla en el encadenamiento causal: el azar únicamente añade una intención que, siendo ficticia, ni añade ni priva de nada, de hecho, a la realidad del proceso natural.

       La física se ocupa del movimiento. Aristóteles propone una definición del mismo en términos de acto y potencia: el movimiento es el acto de lo que está en potencia en cuanto tal, es decir, en tanto que está en potencia. El movimiento es un acto imperfecto, es decir, aquel cuyo acto mismo es, en cuanto que movimiento, no estar jamás totalmente en acto.  El movimiento se aproxima al infinito. El infinito es una cierta potencia, cuya particularidad consiste en no poder pasar jamás al acto hacia el cual tiende.  El infinito no es una cosa determinada, al modo de una casa; es más bien comparable a un proceso. Su ser consiste en una renovación perpetua.

      El lugar no es un principio inmanente del cuerpo, como la forma o la materia, porque entonces se desplazaría con él; pero el lugar no se desplaza, puesto que es de donde y hacia donde se desplaza la cosa. No es tampoco el intervalo de los cuerpos (como lo será para los estoicos); porque una de dos: o el intervalo es inseparable del cuerpo, y entonces abandona el lugar al tiempo que el cuerpo, o el intervalo está vacío, noción que rechaza Aristóteles. Por consiguiente, sólo queda que el lugar sea un límite, no del propio cuerpo, sino del cuerpo envolvente. Deberemos retener de este análisis lo siguiente: en primer lugar, que excluye la idea de un espacio infinito y vacío, indiferente al movimiento; después, que la noción de lugar supone un desplazamiento posible al menos, que el lugar es por consiguiente una propiedad, no del cuerpo en sí, sino en cuanto dotado de movimiento; finalmente, que la noción de lugar no tiene sentido a nivel del envolvente supremo, es decir, del cielo, que es el lugar de todo, pero que no puede hallarse en un lugar.

      Para Aristóteles existen movimientos naturales, según los cuales los cuerpos alcanzan su lugar propio, de donde únicamente serían desplazados por un movimiento violento. El movimiento natural agota la hipótesis del vacío, que sólo tenía sentido en la perspectiva atomística de movimientos desordenados producidos en un medio indiferente. Y a la objeción de que el movimiento es imposible en un medio lleno, Aristóteles responde con el desplazamiento recíproco de las partes, expeliéndose unas a otras como en el torbellino de un líquido, es del todo suficiente para eliminar la dificultad (teoría del envolvimiento o antiperístasis).

      El tiempo es el número del movimiento según el antes y el después. El movimiento es un continuo, divisible en potencia, pero indivisible en acto, podría decirse que el tiempo es como la medida de la continuidad del tiempo. El tiempo no es un flujo continuo, sino la unidad de un antes y un después, que se constituyen siempre de nuevo en torno a un presente., sustrato del tiempo. Pero este sustrato, siendo móvil él mismo, participa de lo que Aristóteles denomina el carácter extático del movimiento. Finalmente, más que por la permanencia de un sustrato en permanente movimiento, la unidad de los diferentes momentos del tiempo podría estar mejor garantizada por la actividad abstracta de una conciencia: tal parece reconocer Aristóteles al decir que sin el alma es imposible que exista el tiempo.

      Aristóteles distingue entre cuatro especies de movimiento según las categorías del ser en las cuales es dicho: el cambio según la esencia es el nacimiento y la muerte; según la cualidad, la alteración; según la cantidad, el crecimiento y la disminución; según el lugar, el transporte. Estas tres últimas especies, a excepción de la primera, constituyen el movimiento en sentido estricto.

      El movimiento sólo es infinito en el sentido de la divisibilidad en potencia y no puede ser infinito en extensión, puesto que el mundo no es infinito, y por consiguiente, debe tener un comienzo y un final.

      Aristóteles postula la existencia de un Primer Motor Inmóvil, en nombre de este doble principio según el cual todo lo que se mueve es movido por algo, y que no es posible remontarse hasta el infinito en la regresión hacia los motores. Es necesario, pues, un Primer Motor, que sea él mismo inmóvil, y es difícil no identificarlo con el Acto Puro que mueve como objeto de amor. Así la física parece exigir un principio suprafísico.

      La naturaleza es,  para los seres naturales, principio de movimiento. En este sentido, y aunque la naturaleza sea también principio de movimiento de los cuerpos celestes, el ser natural se distingue del ser suprasensible e inmóvil, y se subordine a él: por eso la física no es la filosofía más elevada, sino únicamente la filosofía segunda. Pero, por otra parte, la naturaleza es el más estable y el más sustancial de todos los principios del movimiento, pues es inmanente a los seres que mueve: la naturaleza por ello, se opone al azar, pero también al arte.

4.   La física clásica y sus implicaciones filosóficas.

En la física clásica, las facetas sensoriales, los modelos imaginativos desempeñaban un papel decisivo en la explicación científica. En cambio la física después de 1900 se resiste a hacer uso de las representaciones imaginativas.

Sin embargo, la idea de la física clásica no era una simple duplicación de la cándida percepción sensitiva.

      La física clásica tenía una idea o modelo cinético corpuscular de la materia (atomismo). La idea clásica de materia no se oponía a nuestra imaginación. También consistía en eliminar las cualidades secundarias.

      El universo era considerado como un medio homogéneo que existía objetiva e independientemente de su contenido físico, con una estructura rígida e intemporal. Newton dice: “El espacio absoluto, en su propia naturaleza, sin consideración hacia ninguna cosa externa, permanece siempre similar e inmóvil”.

      Esta hipótesis básica de la ciencia clásica fue formulada también por Pierre Gassendi, Henry More y Telesio, Patrizzi, Bruno y Campanella. Tan pronto la materia fue definida como plenum –o sea, espacio ocupado-, en contraste con el vacío o espacio desocupado, se estableció la distinción entre el recipiente inmutable e independiente y su contenido físico variable.

            La filosofía cartesiana de la naturaleza era en cierto sentido aún más newtoniana que la de Newton; mientras que para Newton el espacio era la realidad primaria, para Descartes era la única realidad verdadera del mundo físico. También para Spinoza, la extensión era uno de los atributos de Dios.

            El espacio es homogéneo. Según Locke, el espacio es el  principium individuationis, lo cual nos permite distinguir dos sensaciones simultáneas cualitativamente idénticas; dos objetos simultáneamente percibidos sólo pueden ser numéricamente distintos si están en dos lugares diferentes.

            Otras facetas del espacio clásico –la infinitud y la continuidad matemática (divisibilidad infinita)- se deducen directamente de su homogeneidad. La homogeneidad del espacio implica la relatividad de posición. Todas las posiciones son equivalentes en el espacio clásico o a causa de su homogeneidad.

            La homogeneidad del espacio implica también su divisibilidad infinita. Como la relación de yuxtaposición es universal, relaciona a cualquier pareja de puntos, por muy próximos que se encuentren. En otras palabras, por muy diminuto que sea el intervalo espacial, siempre ha de ser un intervalo que separa dos puntos, cada uno de los cuales es externo respecto al otro.

            La homogeneidad del espacio condujo a pensar que el espacio microfísico era idéntico al espacio macrofísico, lo único que lo diferenciaba era la magnitud.

            El espacio tiene inacción causal o pasividad, el lugar o cambio de lugar no pueden tener efecto causal, porque el espacio es inmutable.

            Mientras que el espacio se definía como agregado tridimensional de términos homogéneos  coexistentes, el tiempo se consideraba como agregado de una sola dimensión de términos sucesivos. La relación básica en el espacio es la yuxtaposición; la relación básica en el tiempo es la sucesión. Los puntos del espacio están al lado unos de otros; los instantes del tiempo se siguen unos a otros. Tanto el espacio como el tiempo eran considerados como especies de agregados, y se creía que ambos compartían la propiedad de ser homogéneos. Como en el caso del espacio, los atributos básicos del tiempo se deducían de su homogeneidad: su independencia de su contenido físico, su infinitud continuidad y uniformidad. El tiempo está vacío.

            La uniformidad del tiempo o fluidez del tiempo uniforme implica la independencia del tiempo con respecto a los cambios concretos que tienen lugar en él. El tiempo está vacío. Los cambios están en el tiempo, no son el tiempo en sí. El espacio es el recipiente de la materia, el tiempo es el recipiente del movimiento.

            Los instantes temporales son perfectamente equivalentes, sólo se diferencian por su orden en la serie. El tiempo es principio de diferenciación de un género distinto al cualitativo.

            La infinitud del tiempo, la continuidad del tiempo y la relatividad de los intervalos temporales se derivan lógicamente de la homogeneidad del tiempo.

            La relatividad de los intervalos temporales significa que sólo es verdaderamente real un presente sin dirección; tanto el pasado como el futuro son perfectamente simétricos en su propiedad de ser irreales. La relación del presente con el pasado así como con el futuro, es la de exterioridad absoluta de partes extra partes.

            En la ciencia clásica es tan disparatado hablar del intervalo temporal absoluto como de la magnitud espacial absoluta.

            No se asignaba al tiempo el mismo status ontológico que al espacio, incluso había dudas acerca del status ontológico del tiempo.

            Un mero desplazamiento en el tiempo, en virtud de la equivalencia cualitativa de los instantes sucesivos, no puede tener ningún efecto físico; los cambios en los cuerpos físicos únicamente deben resultar de causas físicas que actúan en el tiempo, no del tiempo en sí. Por tanto, ineficacia causal del tiempo, unidad de la naturaleza en el tiempo, universalidad intemporal de las leyes de la naturaleza.

            Hay una cierta intemporalidad ambigua del espacio. El espacio, aunque inmutable, perdura a través del tiempo.

            El tiempo es entendido como una serie infinita de espacios instantáneos sucesivos, cualitativamente idénticos que difieren por sus posiciones en el curso universal del tiempo.

            Aunque el espacio clásico era inmutable, no es cierto que fuera intemporal; la inmutabilidad y la duración no eran incompatibles según la doctrina clásica del tiempo.

            La verdadera intemporalidad pertenecía únicamente a los espacios sucesivos individuales de los que cada uno, en virtud de su carácter instantáneo, sólo contenía relaciones puramente espaciales. Así, incluso la ciencia clásica parecía conducir a la conclusión de que el tiempo es receptáculo no sólo del material físico variable, sino también del propio espacio.
            La materia era considerada como el plenum, algo impenetrable que llena completamente ciertas regiones del espacio y que persiste a través del tiempo aún tratándose de cambiar el lugar.

            Es el concepto de más amplia generalidad, es comparable al concepto de Ser, reúne todos los atributos del Ser de Parménides. La materia y el ser se identifican originalmente.

            La materia es espacio lleno y sus elementos constitutivos son impenetrables, indivisibles, indestructibles, rígidos y homogéneos. La indivisibilidad de las últimas partículas era otra consecuencia de la definición de la materia. Este atributo de la materia se convirtió en una de las piedras angulares de la teoría atómica.

            La materia tiene constancia o permanencia. Se creía que los últimos elementos de la materia eran constantes en su masa, en su volumen y en su forma. El principio de la constancia de la masa implica lo que se conoce hoy como principio de la conservación de la materia; si la masa cósmica total es la suma total  de las masas atómicas, entonces la constancia de las masas atómicas implica la constancia de toda la masa del universo. La constancia de la masa es consecuencia del principio de la conservación de la materia. Por lo tanto el volumen atómico es inmutable a través del tiempo.

            El espacio y el tiempo tienen inacción causal. La existencia de los átomos no se deriva de la definición de materia. Demócrito mismo era consciente de la posibilidad lógica de concebir un átomo tan grande como el universo.

            El número de sistemas referenciales, según Newton es ilimitado, pero hay uno que tiene un carácter privilegiado y único: el espacio absoluto, que era inmóvil e independiente de los cuerpos físicos. Un cuerpo que se mueve con respecto a su espacio absoluto está en movimiento absoluto.

            El movimiento es el desplazamiento de algo y ese algo sólo es un cuerpo material que existiendo en el espacio y en el tiempo, no es idéntico a ellos. El concepto clásico de movimiento requería de la materia discontinua. El movimiento es un cambio de coordenadas espaciales en el tiempo.

         Si el movimiento implica materia, no ocurre así a la inversa. En la definición básica de materia no está contenido el movimiento. El movimiento no se puede derivar ni del espacio ni del tiempo ni de la materia. Por ello adquirió el carácter de una entidad independiente y casi sustancial y permanece constante.

            En Leucipo y Demócrito el espacio está correctamente considerado no sólo como infinito sino también como homogéneo e isotrópico, siendo equivalentes todas sus direcciones. Sus átomos se mueven en todas las direcciones y cambian la dirección del movimiento solamente chocando unos con otros; el peso de los átomos no es una cualidad primaria de la materia, sino un efecto del medio que la rodea. Las únicas cualidades de los átomos de Demócrito son su impenetrabilidad e inercia. El movimiento es inherente a los átomos a diferencia de lo que sucede en la física clásica.

            En Aristóteles se niega la constancia del movimiento; todo lo que se mueve se mueve porque y mientras lo mueva algún movedor. Se necesita fuerza para mantener un cuerpo en movimiento en el universo aristotélico. En la física clásica, el movimiento era considerado como realidad substancial que se conserva a través del tiempo, mientras que sólo cambia su distribución espacial.

            El esquema mecánico de la naturaleza se puede resumir en las cinco proposiciones siguientes:

1.    La materia, que es discontinua en su estructura, o sea, que se compone de unidades absolutamente rígidas y compactas, se mueve a través del espacio según las estrictas leyes de la mecánica.

2.    Todas las diferencias aparentemente cualitativas de la naturaleza se deben a las diferencias de configuración o movimiento de estas unidades básicas o de sus agregados.

3.    Todos los cambios aparentemente cualitativos son meramente efectos superficiales del desplazamiento de las unidades elementales o de sus agregados.

4.    Toda acción recíproca entre los corpúsculos básicos se debe exclusivamente a su impacto directo. La acción a distancia es una simple figura de dicción.

5.    La variedad cualitativa, así como la transformación cualitativa, son adiciones psíquicas de la mente humana perceptora; no pertenecen a la naturaleza de las cosas.

Según Boscovich, Kant, J.S. Mill, Comte, Wundt, J.B. Stallo, E. Mach, la acción a distancia no es imposible. La aversión a la acción a distancia es meramente un prejuicio de nuestra imaginación condicionada.

La idea dinámica, que veía la última esencia de la materia en fuerzas que emanaban de centros como puntos y actuaban instantáneamente a través de la distancia, era representada especialmente por Boscovich, Kant y Faraday. El dinamismo afirmaba que se halla más en armonía con el principio de continuidad que el atomismo.  No tiene que aceptar el arbitrario radio finito de las partículas materiales. Al contrario que el atomismo, no conduce a la consecuencia de que las velocidades de las partículas que chocan cambian abruptamente sobre las superficies rígidas de los átomos. Aceptando la fuerza como entidad física primaria cuya magnitud y signo varían con la distancia, explica la impenetrabilidad y la gravedad al mismo tiempo. La impenetrabilidad resulta de la fuerza repulsiva en la inmediata vecindad del centro dinámico, mientras que la gravedad es una consecuencia de hecho de que la misma fuerza invierte su signo a cierta distancia. Por tanto, no hay necesidad de pesados modelos mecánicos. Esto, y la eliminación de la distinción entre la partícula y el campo de fuerza que la rodea, tienen un núcleo casi moderno.

El mecanicismo eliminaba la acción a distancia. La acción a distancia es sólo una apariencia debida a la limitación de nuestra percepción sensorial. Toda influencia física es, en definitiva alguna especie de contacto directo. Newton creó un modelo teórico de éter para explicar la acción a distancia mediante las partículas emitidas, otros también, Maxwell.

Frente al dinamismo, el mecanicismo siguió siendo muy superior tanto en lógica como en su interpretación de los datos empíricos.

            El energetismo es una continuación modificada del dinamismo. En el dinamismo, la entidad fundamental es la fuerza. En el energetismo es la energía. Se postulaba un éter electromagnético para sustituir al éter mecánico.

            La tendencia a disolver la individualidad de las partículas básicas de la materia en la unidad de un medio cósmico que penetrara todo fue una de las consecuencias de la doctrina de la acción a distancia.  Es la teoría de la fluidez de la materia, cuyo rastro se puede seguir hasta Descartes y Hobbes. Sin embargo las teorías del éter nunca fueron predominantes frente al atomismo.

El concepto clásico de causalidad presupone en primer lugar la continuidad espacio-temporal, en segundo lugar la simultaneidad absoluta de incluso los sucesos más distantes y en tercer lugar los corpúsculos con sus posiciones y velocidades claramente definibles. Esta es la idea cinético corpuscular de la naturaleza que en un sentido más amplio incluye el dinamismo, el energetismo y las teorías electromagnéticas del éter.

            Según la física clásica cualquier configuración instantánea de un sistema aislado implica lógicamente todas las configuraciones futuras del sistema. Su historia futura se ve así virtualmente contenida en su estado presente, que a su vez se ve lógicamente contenido en sus estados pasados. Lo que sucede con cualquier sistema aislado debe suceder con todo el universo, siempre que el universo en sí posea el carácter de un sistema aislado.

            Según Pierre Simon de Laplace:

“Un intelecto que en un instante dado conociese todas las fuerzas que actúan en la naturaleza y la posición de todas las cosas de que se compone el mundo –suponiendo que dicho intelecto fuese lo bastante vasto para someter estos datos al análisis- abarcaría en la misma fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los de los átomos más pequeños; para él no sería nada incierto, y el futuro, lo mismo que el pasado, sería presente a sus ojos.”

            En este concepto de Laplace acerca de la causalidad, que se ha convertido en artículo del credo ortodoxo de la ciencia clásica, subyace la afirmación de que la historia real del universo físico puede ser representada como una serie matemáticamente continua de estados instantáneos, representándose cada estado por una configuración instantánea, de un número fantásticamente grande de entidades corpusculares simultáneas con posiciones y velocidades claramente definibles; cada una de estas configuraciones se ve implicada por otra anterior, mientras que, a su vez, implica otra futura.

Es apenas sorprendente que la primera formulación exacta del determinismo riguroso apareciese al mismo tiempo que el primer bosquejo claro de la idea cinético corpuscular de la naturaleza. Demócrito afirmó ya que por necesidad se hallan preordenadas todas las cosas que fueron, son y serán.

            En la física clásica el tiempo tiene un carácter accidental y superficial.

            Las causas implican sus efectos; pero también a la inversa, de los efectos se pueden derivar las causas. La equivalencia lógica de causa y efecto borra o tiende a borrar la distinción entre el pasado y el futuro. El tiempo es reversible. Es posible la repetición. En el modelo cinético corpuscular, el tiempo pierde su irreversibilidad. Si suponemos que el universo se compone de un número finito de elementos, debe repetirse finalmente el estado idéntico del universo. La idea de repetición eterna aparece como su consecuencia lógica. Así desaparece la diferencia entre el pasado y el presente y el futuro. Todos los estados del universo se implican unos a otros independientemente de su orden temporal. No hay novedad en el universo, la contingencia no es más que un síntoma de la ignorancia humana. (Demócrito y Spinoza).

Lo que llamamos dirección del tiempo se despoja de su significado y el pasado, el presente y el futuro se mezclan en un modelo enorme, desprovisto de tiempo.

5.  La física contemporánea y sus implicaciones filosóficas.

Toda la historia de los conceptos de la materia, el espacio y el tiempo es la historia de una especulación metafísica que dura varios siglos. Sólo con la ciencia moderna se han hecho operativos en sentido pleno y se han vinculado a la medida de estos conceptos; lo cual, sin embargo, no hace otra cosa que dar cumplimiento al impulso original hacia la conceptualización, es decir, hacia la abstracción del espacio-tiempo perceptivo y de la cualidad para los fines de la actuación práctica y pública.

Nuestra imagen actual del espacio y del tiempo ha sido creada por la ciencia, especialmente por la física del siglo XVII.

Las dificultades del concepto de espacio absoluto de Newton se hicieron más conspicuas cuando los físicos de 1850-1900 empezaron a afrontar seriamente la cuestión del movimiento absoluto. Un cuerpo en reposo con respecto al espacio newtoniano se halla en reposo absoluto, mientras que un cuerpo en movimiento con respecto al espacio newtoniano se halla en movimiento absoluto.

Todos los sistemas inerciales son dinámicamente equivalentes y parece ser asunto de convencimiento el considerar a cualquiera de ellos como idéntico al sistema absoluto de referencia.

Si existe el espacio absoluto sin movimiento, su existencia es inverificable. Ya Berkeley y Leibniz rechazaron el espacio absoluto.

Así hay entonces una equivalencia dinámica de todos los sistemas inerciales. El experimento de Michelson-Morley demostró que el movimiento de la Tierra a través del éter hipotético no tenía la menor influencia sobre la velocidad de las ondas electromagnéticas.

Hay una pluralidad de tiempos locales. El tiempo se halla sujeto a la acción causal por medio de los procesos físicos y, a su vez, afecta a los procesos físicos; desaparecen su independencia y su inacción causal.

La principal diferencia entre la actitud de Einstein y la de Lorentz-Fitzgeral era que Einstein consideraba el resultado negativo de todos los experimentos que establecían la constancia de la velocidad de la luz como una de las facetas últimas e irreductibles de la realidad física, mientras que Lorentz y Fitzgerald esperaban explicar la constancia de la velocidad de la luz como una especie de afortunada o desafortunada coincidencia que puede ser derivada de las leyes no modificadas de la mecánica.

Además del movimiento de los cuerpos materiales, regulado por las leyes de la mecánica, existen en la naturaleza fenómenos de tipo ondulatorio. Entre éstos, las ondas sonoras se pueden reducir, en última instancia, al movimiento de las partículas (moléculas) materiales (movimiento vibratorio) que constituyen el medio en el que la onda se propaga. Por lo tanto, la velocidad de propagación del sonido en un medio en reposo no depende de la velocidad del foco sonoro. Sin embargo, para un observador que se mueve respecto al medio, la velocidad de propagación del sonido varía según la velocidad con la que dicho observador se mueve. Resulta claro, por ejemplo, que un observador que se mueve con la velocidad del sonido no podrá percibir un sonido que se propaga en su misma dirección, pero que se origina detrás de él, ya que el sonido le persigue sin alcanzarlo; en este caso, la velocidad de propagación del sonido respecto al observador es nula.

En el caso de las ondas luminosas o, más generalmente, de las radiaciones electromagnéticas de cualquier longitud de onda, un razonamiento análogo lleva a consecuencias muy diferentes. En primer lugar, la luz se propaga a través del espacio vacío y, por consiguiente, es imposible atribuir sus leyes de propagación a propiedades mecánicas de la materia. Hasta finales del siglo XIX se admitía que la luz se propagaba en un medio, el éter, dotado de propiedades peculiares y diferentes de las de la materia ordinaria. De modo análogo a lo que sucede con la propagación del sonido en un medio material, la velocidad de propagación de la luz en el hipotético éter resulta independiente del movimiento de la fuente luminosa. Si, por lo tanto, el éter es un medio que no es arrastrado por la materia en su movimiento, es de esperar que un observador en movimiento respecto al éter encuentre para la velocidad de la luz un valor diferente del obtenido por un observador en reposo respecto al mismo. De acuerdo con la teoría del éter, un rayo luminoso debería emplear más tiempo en alcanzar a un observador que viaja en su mismo sentido que el que emplearía en alcanzar a otro que fuera a su encuentro. De esto se deduce, y es importante subrayarlo, que en el caso de los fenómenos electromagnéticos no debería ser válido el principio de relatividad de Galileo, puesto que sería posible comprobar con experiencias de óptica el movimiento rectilíneo y uniforme de un sistema respecto al éter. Incluso los sistemas inerciales dejarían de ser equivalentes entre sí, porque la velocidad de la luz sería diferente en cada uno de ellos. Esto, lógicamente,  no es válido para las ondas sonoras, dado que éstas corresponden, como se ha dicho, a movimientos oscilatorios de partículas materiales para las cuales el principio de relatividad es siempre válido.

            El experimento que hizo tambalearse la teoría del éter y, al mismo tiempo, sirvió de base a la teoría de la relatividad de Einstein fue realizado por Michelson y Morley en 1881, y repetido luego por Michelson con instrumentos de más precisión que confirmaron definitivamente el resultado primitivo. La finalidad de esta experiencia era poner de manifiesto el movimiento de la tierra respecto al éter, midiendo con un interferómetro la diferencia de caminos recorridos en tiempos iguales por dos rayos luminosos que se propagan en direcciones diferentes y, por lo tanto, según la teoría expuesta, con velocidades también diferentes. Contra todo lo previsto, no se apreció diferencia alguna, cualquiera que fuese la dirección de propagación de los dos rayos luminosos respecto a la dirección de la trayectoria de la Tierra, en su movimiento de traslación alrededor del Sol. La experiencia llevaba por tanto a la conclusión de que la velocidad de la luz en el vacío era la misma en todas las direcciones, independientemente del movimiento de la Tierra. Se planteó entonces esta paradoja: por un lado, la independencia de la velocidad de la luz respecto al movimiento de la fuente confirmaba que el éter no era arrastrado por la fuente, y, por otro la independencia de la velocidad de la luz con referencia al movimiento del observador era compatible únicamente con la hipótesis de por sí muy poco plausible, de que el éter fuese arrastrado por la Tierra en su movimiento. De todas formas el arrastre del éter fue descartado por ser incompatible con el fenómeno de la aberración de las estrellas fijas. Después de numerosas tentativas (Lorentz) Einstein propuso una solución al formular una teoría basada en el abandono del concepto de éter y en la adopción de dos postulados fundamentales: el primero afirma que la velocidad de la luz en el vacío es constante en todos los sistemas de referencia con movimiento relativo y uniforme entre sí; el segundo confirma la validez universal del principio de relatividad para todos los fenómenos físicos, desde los mecánicos hasta los electromagnéticos.

            Una de las consecuencias más revolucionarias de los postulados enunciados es, sin duda, la necesidad de abandonar el concepto de tiempo absoluto. Desaparece el tiempo absoluto, igual para todos los sistemas, respecto del cual todos los sucesos son catalogados unívocamente como pertenecientes a un pasado, un presente o un futuro, para ser sustituido por el concepto relativo al estado de movimiento del sistema en cuestión. Como consecuencia inmediata desaparece también el concepto de simultaneidad absoluta de dos sucesos. Si para un observador dos sucesos son simultáneos, ya no lo serán para otro observador en movimiento relativo rectilíneo y uniforme respecto al primero. También es posible, en determinadas condiciones, que, mientras para un observador dos sucesos acaecen uno después del otro, para un segundo observador, en movimiento respecto al primero, la sucesión temporal se presente invertida. Sin embargo, esto sólo puede ocurrir cuando entre los dos sucesos no existe relación de causalidad, ya que el efecto producido por una determinada nunca puede ser anterior a ella para ningún observador, cualquiera que sea su movimiento.

            De modo análogo se puede ver también el concepto de longitud, y por lo tanto el de espacio deja de ser absoluto para pasar a ser relativo al sistema de referencia.

            De cuanto se ha dicho puede deducirse, además, una consecuencia importante de la teoría de la relatividad: la imposibilidad para cualquier cuerpo material de alcanzar una velocidad igual o superior a la de la luz en el vacío. En efecto, si fuese posible transmitir señales (distintas, desde luego, de aquellas transportadas por ondas electromagnéticas) a una velocidad tan grande como se quisiera, se conseguiría de forma absoluta que dos sucesos fueran simultáneos en cualquier sistema de referencia, resultado que, como hemos visto, está en contradicción con las consecuencias sacadas de los postulados de Einstein. Por lo tanto la luz es la velocidad límite. Por ello, la composición de velocidades deja de ser válida cuando se consideran velocidades próximas a la de la luz. Por otro lado, cuando un cuerpo en movimiento se acerca a la velocidad de la luz, su masa aumenta. Estrechamente ligada a esta propiedad está la ley de equivalencia entre masa y energía, una de las consecuencias más importantes de la relatividad. En efecto, si la masa de un cuerpo aumenta al aumentar su velocidad, esto quiere decir que la energía cinética adquirida por el cuerpo, equivalente al trabajo realizado por la fuerza externa aplicada, ha sido almacenada por el cuerpo bajo la forma de un aumento de masa. Esta equivalencia entre energía cinética y masa es válida también para cualquier otra forma de energía, ya sea potencial, térmica, eléctrica, magnética o gravitatoria, dado que una forma de energía se puede transformar en otra. Cuantitativamente, la relación de equivalencia entre la energía E y la masa correspondiente, m, adquirida por un cuerpo viene dada por la célebre ecuación de Einstein: E=mc2.

            Se ha visto que en un sistema no inercial un cuerpo en ausencia de fuerzas exteriores no se mueve con movimiento rectilíneo uniforme, sino que lo hace como si estuviese sometido a una fuerza (fuerza de inercia) que resulta proporcional a su masa (masa de inercia). De forma completamente análoga se comporta un cuerpo sometido a la atracción gravitatoria de otro: en tal caso, la fuerza que se ejerce sobre el primero es proporcional a su masa gravitatoria. De antemano no existe razón alguna para que la masa de inercia y la masa gravitatoria tengan que coincidir, dado que son magnitudes que se manifiestan en fenómenos físicos completamente diferentes; sin embargo, la experiencia demuestra que éstas son proporcionales entre sí: si la masa inercial es doble que la de otro, su masa gravitacional será también doble. De aquí deriva, como consecuencia, la equivalencia desde el punto de vista de la mecánica, entre un sistema de referencia situado en un campo gravitatorio uniforme y un sistema de referencia uniformemente acelerado. El principio de equivalencia de Einstein, base de la teoría de la relatividad general, consiste en postular que, no sólo para las leyes de la mecánica, sino también para todas las leyes de la física, un sistema uniformemente acelerado y un campo gravitatorio uniforme producen los mismos efectos. Esto significa, por ejemplo, que toda energía, cualquiera que sea su forma, no sólo tiene una inercia, como prevé la relatividad restringida, sino también un peso. Como consecuencia de este principio es posible, por ejemplo, prever que un reloj situado en una región donde el potencial gravitatorio es bajo, debe funcionar más lentamente que otro situado en una región de potencial gravitatorio más elevado. La extensión del principio de equivalencia a campos gravitatorios no uniformes y, por tanto, a sistemas sometidos a cualquier tipo de aceleración, constituye la teoría de la relatividad general.

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 31 de marzo de 2020

Gobernar el mundo


Gobernar el mundo.

Gobernar el mundo, Historia de una idea desde 1815. Mark Mazower, Primera edición: mayo de 2018, Editorial Barlin Libros, Valencia, 2018. 570 páginas.

            En la disciplina política denominada “relaciones internacionales” sabido es que podemos distinguir dos paradigmas: el paradigma realista que concibe las relaciones internacionales como política de poder y el paradigma pacifista que sostiene la importancia de la colaboración interestatal y del derecho internacional. Mark Mazower investiga históricamente los intentos de crear una gobernación o gobernanza mundial internacional, supranacional que instaure una legalidad internacional y que contribuya a la paz y a un mundo más seguro desde 1815.

            En 1815 las potencias europeas se pusieron de acuerdo en enterrar la Revolución y sus efectos. “No hay más que un único asunto importante en Europa”, declaraba Metternich, “y es la revolución”.[1] En aquel tiempo dominaba Europa el concierto internacional de Viena y de la Santa Alianza. Había que impedir la revolución. Cualquier Estado que fuera revolucionario y que fuera en contra del Antiguo Régimen sería considerado una amenaza para el orden internacional europeo. Gran Bretaña se oponía a que la Santa Alianza fuera una policía política internacional. Sólo si los intereses vitales de Gran Bretaña se hallaban en peligro,  ésta intervendría.

            Ya adelanto que pretender conseguir un universo político es harto imposible y una falta de realismo. Como bien dijo Carl Schmitt, más que de un universo político procede hablar de un pluriverso político. Los Estados se hallan sumidos en una perpetua lucha de todos contra todos por el poder. La guerra es la desembocadura lógica de las relaciones internacionales. Los Estados se encuentran en estado de naturaleza.

            Bien es cierto que el capitalismo y la ideología liberal aspiran a la paz y a la extensión del mercado. El pacifismo y el anarquismo son dos derivadas de la ideología liberal. A medida que el mercado capitalista se expande por el mundo, afloran ideologías pacifistas, armonistas, federalistas que buscan establecer un Estado mundial o una federación de Estados republicanos pacíficos que resuelvan sus diferencias recurriendo al arbitraje y al derecho internacional.

            Al final todas las organizaciones internacionales, pacifistas, etc no han podido evitar el hecho del imperialismo, el colonialismo y la lucha entre las grandes potencias. Al margen de los Estados nacionales quedan las organizaciones no gubernamentales dependientes del Gobierno. La idea de un gobierno del mundo queda en entredicho constantemente. Eso sí, hay hegemonía imperial que actualmente se sirve de organismos internacionales para dictar su política conforme a sus intereses.

            En el siglo XIX el liberalismo aspira al pacifismo a través del libre comercio de mercancías. El principal ideólogo de esta doctrina fue Cobden.  La liberalización del comercio traería la prosperidad económica, la colaboración internacional y la paz entre los Estados. “Según mi opinión, el principio del libre comercio actuará sobre el mundo moral como el principio de gravedad en el universo: acercará a los hombres, superará las oposiciones raciales, religiosas y lingüísticas, y nos unirá mediante los lazos de la paz perpetua”[2]

            El liberalismo también desembocó en el nacionalismo, el principio de las nacionalidades, a cada nación un Estado y en el principio de autodeterminación. “Lo que necesitamos”, escribía Mazzini, “es (…) que todos los pueblos europeos se unan para remar en una misma dirección. (…) El día en que, en cada uno de los países donde opera nuestro movimiento, nos pongamos en pie al unísono, ese día venceremos. Para entonces, la intervención extranjera (de los déspotas) será ya imposible”.[3]

            Frente al internacionalismo de las naciones y los pueblos apareció el internacionalismo proletario de Marx y Engels. Había que sustituir la lucha interestatal o internacional en lucha de clases interna, en guerra civil.

            Frente a estas dos ideas utópicas siempre estuvo presente la idea de imperio, el realismo político. Lord Acton defiende en 1862 la idea de imperio protector, un imperio generador a decir de Gustavo Bueno, claro, pero que tratándose del imperio anglosajón tiene que resultar ser un imperio depredador como es el imperialismo británico históricamente.

            En 1851 se celebró en Londres el Congreso pacifista universal y se buscó elaborar un código de derecho internacional. Someter la política internacional al derecho. Al igual que lo político no puede ser anegado en el derecho mucho más ocurre con las relaciones internacionales. Estas ideas utópicas como todo el mundo se podrá imaginar, fracasaron. Sólo si hay una gran potencia imperial dispuesta a obedecer voluntariamente y a imponerlas a las demás potencias, tiene sentido el hablar de un derecho internacional. Los Estados son las unidades políticas, los sujetos políticos por eso de la soberanía, del poder político, de su fuerza. Lo demás es música celestial. Sin embargo, el internacionalismo, la idea de una ley internacional por encima de la soberanía de los Estados prevaleció en las conciencias subjetivas de los pacifistas. Estas ilusiones perviven hoy de manera poderosa conviviendo con la política de poder de las grandes potencias, guiadas por el realismo político.

            Como la idea de un gobierno mundial en un solo Estado es ilusoria, sin negar que según Gustavo Bueno nos hallamos en la etapa posestatal en el curso de la sociedad política, tenemos que decir que la proliferación de organizaciones internacionales, del derecho internacional y de asociaciones internacionales no han sustituido el imperio de las grandes potencias. Los únicos que se someten a las autoridades internacionales son los países débiles, pequeños. La biocenosis global sigue plenamente vigente.

            El internacionalismo idealista, es eso, idealismo, superchería, locura y necedad. Como decía Von Moltke, “la paz perpetua es una ilusión, y ni siquiera una ilusión bella. La guerra forma parte del divino orden del mundo.”[4] Es la desembocadura lógica de las relaciones internacionales. Eso sí, las grandes potencias han obrado organizaciones internacionales mediante para cumplir sus propósitos, ortogramas imperiales e intereses nacionales.

            Todas estas ideas pacifistas harto idealistas parten del supuesto del régimen representativo parlamentario en el cual, en la sede del poder legislativo, desinteresadamente, bajo el dominio de la razón y de la argumentación racionales ante el público, sin ocultación, puede hallarse el bien común mediante la discusión y sin recurrir a la fuerza, coacción o presión, por la pura lógica racional y pensando en el interés general. Lo que ya es una ilusión en el terreno político parlamentario intranacionalmente se piensa que puede ser válido igualmente en el terreno de la política internacional. Secreciones políticas del régimen representativo burgués.

            Lo cierto es que como viene a reconocer Mazower el florecimiento de las organizaciones internacionales no estatales, sino supraestatales no ha impedido que sigan las relaciones internacionales por la fuerza y por el poder. Tampoco ha impedido que las grandes potencias no se dejen gobernar por tribunales internacionales u organizaciones supranacionales. El principio de la soberanía absoluta e incondicionada sigue estando vigente guste o no guste a los ideólogos progresistas.

            Al concierto europeo de 1815, a la Santa Alianza le sucedieron otros conciertos diplomáticos pero paulatinamente además se fue abriendo paso la ideología internacionalista parlamentaria supranacional que creía en el derecho internacional y en la sustitución de la política de poder y de estado de naturaleza por el derecho internacional, el diálogo y el arbitraje pacífico de las disputas mediante la proliferación de organizaciones no gubernamentales y de organizaciones internacionales así como de convenciones de desarme, etc. Así llegamos a lo que Gustavo Bueno denomina la etapa posestatal del desarrollo o curso de las sociedades políticas.

            El primer gran paso en esta dirección lo constituyó la fundación de la Sociedad de Naciones. “Las alternativas internacionalistas a la diplomacia tradicional privilegiaban la transparencia al secretismo, y la participación a la exclusión. Los internacionalistas creían en la cooperación entre naciones dirigida por el progreso científico y comercial, al tiempo que consideraban la diplomacia basada en alianzas y el minitarismo irracionales y retrógrados.”[5]

            Woodrow Wilson ha pasado a la historia como un héroe político, humanitario, benévolo y salvador de la humanidad. Era el Dios de la paz, como recientemente ha sido considerado Barak Obama al otorgársele sin ningún fundamento el Premio Nobel de la Paz. “Para sus partidarios su figura encarnaba una América preocupada por el mundo y su cuidado, que se negaba a mirar tan sólo de puertas adentro: su muerte prematura, poco después de fracasar en su intento por conseguir el respaldo del Senado para la Sociedad, fue interpretado como una suerte de martirio moderno. Medio siglo después de su muerte en 1924, se convertiría en un –ismo. George W. Bush, Dick Cheney y Donald Rumsfeld contribuyeron también al culto a Wilson: tras la invasión de Irak en 2003, muchos críticos, preocupados profundamente por una América que daba la espalda a las instituciones multilaterales, volvieron la vista hacia él, buscando en su ejemplo inspiración para un nuevo siglo.”[6]

            Este pacifismo es liberal, anglosajón y protestante calvinista ante todo. “Wilson, hijo de un pastor presbiteriano, pensaba más en los bíblicos términos de pactos que de contratos, y deseaba construir algo que creciera de manera orgánica a lo largo del tiempo hasta satisfacer las universales aspiraciones de la humanidad, no los intereses de unos cuantos poderosos que podían salirse con la suya de todos modos.”[7] Con el discurso dirigido por Wilson al Congreso a comienzos de abril de 1917, en el que anunciaba el endurecimiento de las relaciones con Alemania y exhortaba a los EE.UU. a entrar en guerra, decía Wilson que  “Lo que estaba en juego, afirmaba Wilson, era “la defensa de los principios de paz y justicia en la vida del mundo contra el poder egoísta y autocrático, así como implantar entre los pueblos realmente libres y autónomos el consenso de propósitos y actuaciones que garantizaría en adelante el cumplimiento de dichos principios” El problema de autocracias tales como la monarquía prusiana estribaba en que sus gobernantes hacían caso omiso a los deseos de sus pueblos; de hecho, Wilson declaraba abiertamente que los EE.UU. no tenían  conflicto alguno con “el pueblo alemán”.[8] El imperialismo liberal se hacía pacifista, internacionalista y entraba en guerra, pero no contra el pueblo alemán, olvidando que el pueblo es indisociable del gobierno y de la patria y que todos los pueblos tienen el gobierno que se merecen. Esto confirma que el internacionalismo es una nueva manera de configurar el imperialismo y la lucha entre Estados.

            Antiguamente se pensaba que el derecho de guerra era algo esencialmente perteneciente al Estado y a su soberanía, se ha ido imponiendo la idea de que la guerra es algo que hay que evitar a toda costa y que es intrínsecamente perversa. Ahora ya no se habla de guerra, sino de misión de paz, claro que el objetivo de la guerra es conseguir una paz. Hoy en día, debido al fundamentalismo democrático, se justifica la guerra para defender o expandir la democracia, los derechos humanos y la ideología democrática. Una guerra tal sería considerada justa y legítima. Otras motivaciones políticas serían consideradas como monstruosas o como criminales. Las organizaciones internacionales tales como la Sociedad de Naciones y la ONU nacieron precisamente para pacificar el mundo y poner en manos de la comunidad internacional una serie de instrumentos políticos, jurídicos y diplomáticos para evitar las guerras futuras. En el siglo XX después de 1920 se han originado muchas guerras sin embargo. La fuerza de la ONU, como antes ocurría con la Sociedad de Naciones, no es más que un conjunto de los Estados que la componen. En sus decisiones pueden intervenir las grandes potencias para vetar aquellas resoluciones que no les resultan favorables a ellos o a sus aliados.

            Actualmente se sostiene que la democracia es la forma final de la historia política, la forma más elevada y definitiva para vivir en paz, en libertad y en solidaridad. Ser demócrata se convierte en las democracias fundamentalistas  en ser honrado, no ser demócrata se hace equivalente a ser un hombre no plenamente desarrollado. Un Estado no democrático carece de legitimidad. San Agustín pensaba que los hombres que no eran cristianos no tenían dignidad humana ni derechos humanos. Tampoco los Estados paganos tenían derechos, no eran legítimos enemigos políticos. Vivían en la barbarie y en el salvajismo, por lo tanto, podían ser destruidos. También en el siglo XIX muchos pensadores anglosajones pensaban que el derecho internacional y humanitario no les era aplicable a los pueblos inferiores o razas inferiores situados en niveles inferiores de desarrollo en comparación con las naciones blancas europeas.

            La ONU, esto es, las democracias fundamentalistas que la pueblan trata de extender por el mundo continuamente el sistema democrático. Los EE.UU. se han convertido en los principales adalides de tal cruzada democrática poblada de misiones de paz. Gustavo Bueno ya supo ver en su momento que esta cruzada fundamentalista democrática derivaba del mercado pletórico de bienes del capitalismo actual.

            La fundación de la Sociedad de Naciones supuso un gran intento de establecer un gobierno mundial que resolviera pacíficamente los conflictos mediante el arbitraje y el derecho internacional. Sin embargo, los EE.UU. no se integraron en tal organización y por lo demás, la dialéctica política entre los Estados siguió su curso. Por lo demás, Lenin calificó la Sociedad de Naciones como cueva de ladrones imperialistas capitalistas. Así frente a la Sociedad de Naciones parlamentaria y liberal se sitúa la Tercera Internacional Comunista, la Komintern marxista, internacionalista proletaria dirigida desde Moscú por el Partido Bolchevique. De todos modos, la URSS fue admitida en la Sociedad de Naciones en septiembre de 1934. Stalin, de manera realista no se hacía muchas ilusiones sobre la Sociedad de Naciones. Tampoco se hacía ilusiones con la Komintern. “Stalin, por su parte,, se hacía pocas ilusiones respecto a esta, y la idea de seguridad colectiva no le inspiraba por su parte, confianza alguna, ya que no albergaba auténticas esperanzas de alcanzar un entendimiento más estrecho con ninguna potencia capitalista. No obstante, aún se hacía menos ilusiones con respecto a la Komintern.”[9]

            En una entrevista con H.G. Wells que se hizo célebre se puso de manifiesto la gran calidad como estadista realista de Stalin y la gran ingenuidad positivista ingenua e idealista de H.G. Wells. Stalin estaba con los pies en la Tierra: “Este, mostrándose respetuoso hacia Roosevelt, dejaba claro que, a su juicio, el New Deal americano no lograría, en sus aspiraciones de salvar el capitalismo, sustraerse a sus propias contradicciones. La idea de Wells según la cual ingenieros y científicos podrían llegar a ser los configuradores de un nuevo orden mundial no le convencía. Los ingenieros hacían lo que se les indicaba, sentenciaba Stalin: los científicos, por su parte, eran tan capaces de hacer el bien como de infligir un daño inmenso.”[10]

            Carl Schmitt  afirma que con la transformación del ius publicum europaeum la guerra se volvió total y el enemigo se convirtió en criminal. La distinción espacial interior/exterior se disolvió y toda la tierra se transformó en un espacio para el enfrentamiento la crítica a la ideología universalista que judicializa la política internacional en nombre de la moral y el derecho. “El auténtico poder consiste, como expresara el teórico del derecho Carl Schmitt, en la capacidad de dictar las normas y de decidir cuándo y a quién deben ser aplicadas”[11]

            Frente a Carl Schmitt está el pacifismo jurídico internacionalista, uno de cuyos más insignes representantes y teóricos fue Hans Kelsen. Kelsen afirma en esta misma línea de pensamiento que Kant  que “No puede caber duda de que la solución ideal del problema de la organización mundial como el problema de la paz mundial es la creación de un Estado Federal Mundial compuesto de todos o del mayor número de naciones posible.”[12]

            La fundación de la ONU supuso un paso más adelante en un cierto gobierno mundial por parte de las grandes potencias a través de la ONU. La ONU busca debilitar la soberanía y la autonomía de los Estados nacionales y disolver tales Estados en organizaciones internacionales que se inmiscuyen en sus asuntos internos: derechos humanos, agricultura, ganadería, pesca, economía, ideología de género, cambio climático, salud, etc vaciando así los órganos nacionales de contenido. Esto no afecta, claro está a las grandes potencias, muy celosas de mantener su independencia y de actuar si fuere necesario, de manera unilateral para satisfacer sus intereses nacionales.

            El libro aporta muchos datos, muchas anécdotas, pero aporta muy pocas opiniones y doctrinas discrepantes frente al internacionalismo pacifista fundamentalista democrático suministrando así la idea de que el autor acepta acríticamente el punto de vista del pacifismo internacionalista democrático que se lleva como moda política actual, dando por supuesto como bueno el devenir actual de las relaciones internacionales.. Los pobres necesitamos tener patria, Estado, nación que nos proteja de los abusos y atropellos de las transnacionales y de otros Estados y de los abusos internos por supuesto.



[1]  Página 31.
[2] Richard Cobden, citado por Herfried Münkler, “Imperios” pág. 56 Nola editores, 2020.  Madrid.
[3]  Mazower, op. Cit. Pág. 83.
[4] Mazower, op. Cit. Pág.115.
[5] Mazower, op. Cit. Pág.163.
[6] Mazower, op. Cit. Págs. 165-166.
[7] Mazower, op. Cit. Pág. 169.
[8] Mazower, op. Cit. Pág. 173.
[9] Mazower, op. Cit. Páb. 239.
[10] Mazower, op. Cit. Pág. 240.
[11] Mazower, op. Cit. Pág. 241.
[12] Hans Kelsen,  La paz por medio del derecho. Introducción de L. Echávarri y traducción de M. La Torre y C. García Pascual, Editorial Trotta, Madrid 2003, página 30

sábado, 28 de marzo de 2020

Nota sobre el filisteísmo


El filisteísmo.

Goethe llama filisteo a la persona de espíritu vulgar, de escasos conocimientos y poca sensibilidad artística o literaria. Los filisteos son ignaros y son aquellos en los que hay que decir que están ausentes de la vida del espíritu.

Los románticos definían como filisteo al hombre de espíritu mezquino, angosto y prosaico. También era filisteo o lo hacía equivalente al término Spiessbürger, burgués práctico, el burgués zafio. Heine decía que los filisteos eran aquellos que en los domingos salían en ropa dominguera, se llenan los oídos de trinos de gorriones y poética y convencionalmente saludan a la bella naturaleza.

Schopenhauer a este respecto fue un auténtico luchador contra el filisteísmo, incluido el filisteísmo de la filosofía universitaria. Filisteo es el hombre que carece de necesidades espirituales. Por ello está incapacitado para poder disfrutar de los placeres auténticamente humanos por lo que termina cayendo en el hastío y en el aburrimiento. El odio del filisteo a la cultura tiene su causa en una envidia secreta que trata el filisteo de ocultarse a sí mismo.

Nietzsche trazó los rasgos del filisteo, también podríamos llamarlo el último hombre, el nihilista o el sofista. Hoy en día el filisteo es el izquierdista y el progresista. La izquierda es nihilismo pasivo absoluto y sofística, por ejemplo, sujetos tales como Ignacio Sánchez-Cuenca o José Luis Villacañas Berlanga por ejemplo o también los historiógrafos que escriben basura historiográfica negrolegendaria contra España y son amigos de los herejes protestantes ya sea en sus versiones luterana o calvinista del norte de Europa.

El filisteo es un pulgón inextinguible es justamente lo contrario del verdadero hombre culto; se cree cultivado, pero no lo está; como las instituciones educativas están organizadas con arreglo a esta falsa cultura, él se siente feliz así y parpadea. El filisteo es un ser negativo en sus odios y filias. Pero a nadie odiará tanto como a los fuertes y creadores a quienes juzgará sin piedad. Protegerá con mucho celo a quien le escucha y se deja guiar por él. Sólo tiene que hacer dos cosas, mutación de la verdad y seguimiento fiel de las modas a favor de corriente.

El filisteo es fiel a las modas del momento. Retuerce las palabras y conceptos. Es un sofista. Habla de salud cuando hay enfermedad. Su debilidad le hace perder la verdad y la sencillez de pensamiento. El lenguaje se deshilvana hasta lo ilógico. Afectación de superioridad, carencia de sabiduría y de rigor. Tienen los defectos del periodista. Cultivadores de la doxa, filodoxos.

Hoy en día el filisteísmo es el progresismo, la admiración ciega por la ciencia y la tecnología, una actitud positivista.

 

viernes, 27 de marzo de 2020

Puta Europa 2.

Ya dijimos en otra ocasión que la Unión Europea era puta por darles cobijo a los separatistas. Se reían de nosotros en nuestra cara. Los políticos españoles son una mierda europeísta a decir verdad. No atienden al interés nacional y siempre se apresuran a decir y declarar su europeísmo para evitar ser censurado por las potencias europeas y por los periodistas analfabetos del Régimen. Carlos Putdemonte es eurodiputado sin siquiera haber jurado la Constitución y la Unión Europea lo acepta. La Unión Europea no reconoce el derecho español y nosotros, gracias al memo de Rajoy, sí ese mierda pasivo y cobarde hasta la médula del PP, Partido de la Puta Pena, ese tipejo por soltar a los etarras soltó también asesinos y violadores en serie. Había que seguir con los acuerdos con la ETA fijados por el PSOE de Zapatero. sí, nosotros nos sometemos a lo que decidan tribunales extranjeros y ajenos a nuestros intereses. El acuerdo de Schengen es papel mojado y la euroorden una piltrafa al servicio de Alemania y Francia básicamente. No es de extrañar que el Reino Unido, lúcido y realista como siempre lo fue, haya abandonado la Unión Europea para no aceptar órdenes de nadie. Ahora la Unión Europea nos niega asistencia y ayuda en lo que a la pandemia del coronavirus se refiere. Entonces la Unión Europea no nos sirve y si no hay ayuda financiera, España debería no pagar la deuda y abandonar la Unión Europea. Encima las potencias protestantes nos dicen que no debemos preocuparnos de los ancianos. La tanatopolítica nació en la Europa protestante, al igual que la eugenesia, el racismo, la eutanasia y el nazismo, claro. De Lutero a Hitler y todavía hay tontos en España, básicamente los progresistas, que a fuer de negrolegendarios besan el culo al protestantismo. No nos interesan las ideas protestantes. Somos un país católico, racionalista que construyó el primer imperio global de la Historia y que fue generador y generoso. Todo lo contrario de esas repúblicas mercantiles racistas y depredadoras protestantes del norte. Europa es puta y es antiespaña. Nuestro interés nacional nos pide que abandonemos esa biocenosis contraria al interés nacional español.

lunes, 16 de marzo de 2020

Quindécima oda a Franco

Quindécima Oda a Franco.
Telúrico, hispánico, lúcido.
Liberal, conservador, de orden.
Patriótico redentor de España....
Eficaz contra la roja chusma.
Austero, eficiente, poderoso.
Supiste vencer a los rojos,
más no los desarraigaste.
Tampoco acabaste con los dialectos
ni con sus beneficiarios.
Subvencionaste sus mierdas.
Protegiste los dialectos.
Esos vehículos de división.
Basura folklórica antiespañola.
Mejor que Stalin.
Superior a Stalin.
Socialista de derechas.
Sóter, evérgetes y nicátor.
Gran hombre de Estado.
Estadista glorioso.
Una gran Edad de Oro
fue tu reinado sin realeza.
Te desenterraron
te cambiaron de sepultura.
Nada de eso empaña tu ejecutoria.
Los enanos son así:
nada que ofrecernos tienen.
Muerto el gato, afloran los ratones.
Eso es todo.
Invicto caudillo.

sábado, 22 de febrero de 2020

El Scholástico de Cristóbal de Villalón

 

        Tratamos de dilucidar aquí si el Scholástico de Cristóbal de Villalón es una obra literaria o no lo es. Parece que sí puesto que figura en todas las historias de la literatura española al uso. Sin embargo, creemos necesario profundizar en la cuestión y buscar algún argumento de algo más de peso al respecto que nos permita afirmar con certidumbre que sí que pertenece  el Scholástico a la historia de la literatura española. Eso nos exige al menos una definición de qué sea esa cosa llamada literatura.

Comencemos con el autor. Un perfecto desconocido. Cristóbal de Villalón es probable que naciera a principios del siglo XVI en Villalón de Campos o en Valladolid. Tal vez en 1505. Obtuvo el título de bachiller en Artes en la universidad de Alcalá de Henares y la licenciatura en Lógica en la universidad de Salamanca entre 1525 y 1530. En 1530 es catedrático de lógica en la universidad de Valladolid hasta 1545. Viaja por Castilla y tal vez por Alemania. Parece ser que pasó la mayor parte de su vida en la provincia de Valladolid y alrededores  El Scholástico fue escrito en 1550. Licenciado en Teología en Valladolid aunque sin venia docendi,  contactos con el hereje Francisco de Encynas. 1543 ordenado sacerdote y en la parroquia de Olalla de Tábara, Zamora. 1545 recibe la licenciatura en Teología en Valladolid. Muere en 1562 en Valladolid.

Cristóbal de Villalón fue un castellano viejo, humanista erasmista preocupado por la educación y dedicado a ella  como profesor que fue. Fue un erasmista español. El erasmismo español no es otra cosa que el nombre que recibe la notable influencia de las ideas de Erasmo de Rotterdam en España. Esta influencia fue máxima en el período 1527-1532. El erasmismo postula la necesidad de una reforma de la Iglesia y de la religión. Sostiene pues en consecuencia que hay que despojarla de sus aspectos dogmáticos y formalistas: Hay que aligerar el exceso de especulaciones teológicas y hay que reformar una práctica  religiosa rutinaria que está en el límite de la superstición. Es necesario un retorno al Evangelio, a una religión espiritual y del corazón, intima, interior, a la fe.

Ay un género de hombres tan bárbaro y tan pertinaz en su herrada opinión: que con todas las vozes y palmadas posibles trabajan por defender que sea pecado mortal y aun cosa contra la cristiana religión querer saber más de lo razonable y estudiar tanto que presumían querer alcanzar el çentro de las letras humanas. Y aún quieren casi afirmar que se debe contentar el hombre con saber aquello que naturaleza le enseñó: y que lo demás es superfluo y gran vanidad. Cristóbal de Villalón dixit en el Scholástico.

El Scholástico es un diálogo como lo es la República de Platón, o De Oratore de Cicerón o El Cortesano de Baltasar de Castiglione. Sigue en el fondo pues la tradición platónica. Esto nos plantea la cuestión como ya hemos dicho más arriba de qué es eso llamado literatura, si es todo aquello que está escrito o sólo es el uso estético del lenguaje. Si es un diálogo filosófico lógicamente pertenecería a la filosofía pero también pudiera ser considerado una obra literaria al igual que como muchos manuales de literatura consideran literatura española los ensayos de Feijóo o los diálogos de Platón. Es además el Scholástico una especie de enciclopedia del Renacimiento español.

Es Cristóbal de Villalón entonces un autor perteneciente a la corriente humanista erasmista española, pero sin embargo, no hace ninguna referencia a Erasmo de Rotterdam aunque lo parafrasea incontables veces.

Diálogo filosófico es el Scholástico, al modo platónico o ciceroniano, miscelánea literaria, obra que contiene temas, disertaciones y otros escritos que se ocupan de asuntos diversos y heterogéneos y que nada tienen que ver entre sí. Este tipo de obra literaria es muy común en el siglo XVI. En España se dieron bastantes obras de esta clase. Fue España precisamente el primer país de Europa en el que se publicaron misceláneas escritas en lengua romance como la de Pedro Mejía en 1540. En una miscelánea, pues como hemos dicho más arriba,  se tratan asuntos diversos entremezclados. Entonces es así que vemos que en el Scholástico se tratan materias inconexas y mezcladas entre sí y por eso decimos que el Scholástico pertenece al género de la miscelánea renacentista. Entonces sí que pertenece a la literatura española. Este género literario pertenece a la didáctica y se dio principalmente en el Renacimiento y en el Barroco. Este fenómeno literario responde a la curiosidad del hombre universal del Renacimiento y constituye un precedente del ensayo que aparece en el mismo siglo XVI con Montaigne. Es este género de la miscelánea una colección de curiosidades o materias heterogéneas que sólo tienen en común el que suscitan el interés del público lector que presuntamente va a adquirir la obra y claro está,  está por supuesto el interés del compilador. Se mezclan diversas opiniones, la instrucción y la diversión y el adoctrinamiento moralizante. Este carácter proteico de la miscelánea explica su gran popularidad. Ya Plutarco y Aulo Gelio cultivaron en la Antigüedad este género. Por cierto, Cristóbal de Villalón toma mucha información y argumentos de ellos.

El Scholástico tiene un fuerte contenido erasmista. La amistad de Cristóbal de Villalón con Hernán Pérez de Oliva hizo que Villalón lo colocara en el Scholástico como portavoz de sus ideas y de su posición filosófica e ideológica. Villalón es un apasionado humanista, enamorado de la nobleza del saber y de las bellas letras, que cree en los efectos benéficos que éstas traerán a la república y por supuesto, al hombre adornado de tales dones y artes. Por lo demás en Villalón se produce, tiene lugar la unión de las armas y de las letras. Además Villalón sostiene que es buena la herencia clásica y pagana, tanto como la herencia cristiana y cree que hay que considerarlas como un todo a ambas juntas contra los que él denomina, parafraseando a Erasmo de Rotterdam, los bárbaros idiotas de su tiempo.

El Scholástico, diálogo de tradición platónica y ciceroniana con miscelánea renacentista plantea una utopía universitaria o académica. Una república escolástica en términos de Villalón. Se trata de definir qué es, en  qué consiste un perfecto varón scholástico tanto maestro como discípulo capaz de ennoblecer y habitar la tal utópica república scholástica. Además se trata de decir en qué consiste un buen discípulo scholástico. Sería esta universidad una cofradía pues de profesores y alumnos que se reunen y asocian para enseñar y aprender, maestros y alumnos sabios, elegantes y modelos de buen vivir. “entre todos nosotros formemos aquí un scolástico o perfecto varón…porque con este buen trabajo nuestra salida terná loable efeto, pues consumimos el tiempo de nuestra conversación en virtuoso exerçiçio.” (II.iii).[1]

 El Scholástico es un diálogo que representa las conversaciones ficticias mantenidas en junio de 1528 por un grupo de profesores de la universidad de Salamanca que abandonan la ciudad para pasar unos días de vacaciones a orillas del Tormes en Alba de Tormes en el palacio de los duques de Alba. Este grupo de profesores va analizando la educación de su tiempo concluyendo que tal educación universitaria no está precisamente muy bien y siendo francamente mejorable y a la vez propone posibles soluciones para evitar su supuesta decadencia. Esta arcadia intelectual la componen el rector y el maestrescuela de la universidad y un grupo reducido de profesores entre los que lleva la voz cantante el maestro Oliva, en cuyos labios deposita Villalón sus opiniones. Se prodigan las citas eruditas espigadas, alteradas, incorrectas. Hay una abundancia de digresiones, como corresponde al género literario de la miscelánea renacentista, sobre la vejez, la amistad, se prodigan las leyendas, los cuentos, se habla sobre el amor, las mujeres, etc.

Maestros y discípulos han de ser temerosos de Dios y de conducta intachable, obedientes los discípulos, disciplinados, recoletos, sobrios y estudiosos. Han de tener curiosidad por todo saber. Y tienen que ser capaces de distribuir su tiempo entre el trabajo intelectual, el juego y el descanso. No basta con dominar la especialidad. Hay que saber de todo en lo general, en lo universal.

Entonces, podemos decir conclusivamente lo siguiente:

1.    El Scholástico es un diálogo como la República de Platón, el De Oratore de Cicerón y el Cortesano de Baltasar de Castiglione. Además pertenece al género de la miscelánea renacentista.

2.    El Scholástico forma parte del erasmismo español. Sin embargo, no hay ninguna referencia a Erasmo de Rotterdam, aunque toma pasajes enteros de Erasmo. Es un autor más ajeno a la influencia de Erasmo que la mayor parte de los escritores españoles de su tiempo.

3.    No se alude en ningún momento en el Scholástico a la reforma protestante.

4.    Cristóbal de Villalón en el Scholástico no se moja ni en la ducha. Nada y guarda la ropa en todo tipo de cuestiones polémicas de su época. No trata pues de asuntos del presente.

5.    Aunque hay una fuerte crítica al escolasticismo de la universidad española, sin embargo el escolasticismo de Villalón es evidente al moverse en un marco tradicional a la hora de exponer las diversas posiciones teóricas en el Scholástico. Se alude a la dialéctica, a la retórica y a la filosofía. Se utiliza pues la disputatio escolástica.

¿Qué es literatura?

            Intentaremos pergeñar ahora una definición de literatura ya que no una teoría literaria. Para empezar sostenemos que ni la literatura es ciencia ni la teoría de la literatura es una teoría científica.

            Aristóteles define la poesía, esto es, la literatura como mímesis y fábula, esto es, representación y ficción literaria. Esta definición ha resultado a la postre ser insuperable.

Gustavo Bueno denominaba artes poéticas o sustantivas a las artes que están constituidas como orientadas a ofrecer representaciones de contenidos heterogéneos ciertamente que rebasan o superan la prosa de la vida y de las artes pragmáticas.

            Las artes sustantivas nos ofrecen obras para ser conocidas, para ser exploradas. La obra de arte sustantiva es segregada del sujeto actante mediante la representación. Tales obras o representaciones representan ideas, acciones, historias, etc.

            La obra de arte no está destinada a ofrecer verdades aunque tampoco apariencias aunque aquí podemos decir que un ensayo trata de ofrecer verdades y teorías y doctrinas. Una obra dramática, una novela, una película sobre mitos o creencias, posesiones diabólicas y exorcistas, no puede considerarse como una obra de arte sustantivo, si es que la valoración positiva de esa obra implica la participación del público en los mitos o creencias motivos del drama. La obra de arte sustantivo consiste en ser llevada a la representación ante un público diverso que tiene encomendada la misión de interpretar la obra sustantiva a su manera.

            No todo lo que está escrito es literatura o por lo menos, literatura sustantiva. Un libro de química es escritura, escritura de una ciencia, y no es literatura sustantiva, sino adjetiva. La escritura es meramente instrumental aquí. Lo que importa en el caso del libro de química o de física es la objetividad científica con sus teoremas y demostraciones. La literatura tiene una finalidad estética en el uso del lenguaje aparte de ofrecer una representación de ideas o de hechos alejados de la prosa de la vida ficción mediante.

            El Scholástico de Cristóbal de Villalón figura en los manuales de historia de la literatura española perteneciente a la miscelánea, un género didáctico del renacimiento muy difundido y popular por su época.

            La ficción literaria la entenderemos aquí de dos maneras: O bien como mímesis verosímil, como representación de operaciones, acciones y realidades que bien pudieran ser verdad o realmente existentes en otro mundo posible y composible con el mundo real y sus leyes y hechos y o bien como fantasías,  descripción o representación de hechos o cosas irreales o imposibles que incumplen las leyes de la naturaleza, por ejemplo, la literatura fantástica, de terror, la novela gótica o la ciencia ficción.

            La literatura puede ser definida como una de las bellas artes consistente en el uso estético del lenguaje escrito utilizando la mímesis o imitación o representación de realidades, acciones e ideas, rebasando la prosa de la vida y de las artes pragmáticas y usando también la ficción, sea la ajustada a las leyes del mundo o la fantástica y en la cual no es indiferente el idioma que se utilice para tales fines.

            Es pues el Scholástico de Cristóbal de Villalón una obra literaria. Cumple con las características de la literatura según la teoría clásica: imitación, ficción o fábula y es una representación como bien decía Gustavo Bueno. Es una representación dialéctica de ideas o de diversas posiciones teóricas en lo que se refiere a la educación universitaria. En literatura además, al igual que en filosofía, cuenta de manera fundamental el idioma en el que se ha escrito una obra. Filosofía, relatos, escolasticismo, que a pesar de ser criticado acerbamente por Cristóbal de Villalón, sin embargo es ejercitado en el transcurso del diálogo.

Felipe Giménez Pérez.




[1]  Cristóbal de Villalón, “El Scholástico” Edición de José Miguel Martínez Torrejón, Editorial Crítica, Barcelona, 1997. 488 páginas.